3 hábitos adquiridos durante los apagones
Hay tres buenos hábitos que rescato de estos terribles días (semanas diría yo) de apagones en la Maracaiobo comunista:
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Sentarme a comer
Parece increíble pero con el corre corre diario me empujaba una arepa o un desgarbado desayuno mientras leía noticias desde el celular. Nunca comía bien.
He aprendido no solo a apreciar ese arte de servir y sentarse a comer sino mirar con otros ojos cada bocado que me llevo a la boca (y el esfuerzo que se hace para conseguirlo y mantenerlo en estas condiciones tan adversas)
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Leer en silencio
He podido retomar la lectura y de descubrir incluso toda la que había descargado para el Kindle y que tenía en un eterno pendiente.
La he disfrutado igual o más que ver un maratón en Netflix o pasar varios retos de Fortnite en la Playstation.
Incluso he comenzado a dejar libros en la mesa de la sala o en el morral que siempre cargo con la intención de seguir haciéndolo en cada momento libre.
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Enseñar
Lo había abandonado por diversos motivos y ahora que mi sobrina mayor ha estado tan ociosa como yo (y que la Nintendo 3DS no le aguantan tanto las baterías) me ha dado por retomar esas lecciones que se repasan en en los primeros módulos de redacción periodística y que a ella le vienen como anillo al dedo.
Todavía hay que trabajar con -nuestra- su paciencia y disciplina pero ese es borrador de otro lápiz.
Probablemente esto bien hubiese pasado sin necesidad de apagones. Por ahora los hay y de alguna manera hay que conseguirle algo bueno.
Foto: propia (2019)
La resistencia
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| Foto: Carlos Sosa |
Respiró
fuerte y se vio la sangre en la mano derecha. Le pareció que había pasado mucho
tiempo acostado en mitad del pasillo del edificio mientras vecinos, amigos y curiosos
trataban de auxiliarlo.
Alguien
había improvisado una especie de almohada con una desgarrada franela para hacerlo
sentir más cómodo pero al contrario, sentía que aquella leve elevación le
acentuaba el dolor del disparo que llevaba cerca de las costillas.
“De…de…déjame
acostado en el piso”, llegó a decir a otro desgarbado encapuchado que estaba
arrodillado a la altura de su cabeza.
Con la frente
ya sin obstáculos, pudo respirar mejor. Mientras hacía presión con su mano
izquierda en la herida que se extendía por su torso, pensaba -entre delirios- que
de haber estado con algunos kilos adicionales probablemente no hubiese tenido ese
problema.
Sabía que justo
por eso había ido a protestar en la calle esa tarde de mayo. Desde hacía rato
en la nevera de su apartamento alquilado no había más que agua, hielo y unos
cuantos pequeños envases con salsas que había ido reuniendo de las veces que
había podido comer en la calle.
Las
proteínas, los carbohidratos y todo lo que en condiciones normales en un país
debería poder obtener un estudiante universitario él no lo había podido
costear.
Supo
semanas antes que varios de la comunidad se habían organizado para unirse a las
protestas aisladas que estaban ocurriendo en su ciudad contra el gobierno. Cuando
un conocido le llegó a preguntar si quería unirse, sin dudarlo se acercó al día
siguiente a participar.
Aquella
tarde, mientras se acercaba la noche y se hallaba tirado en el piso mientras
todos corrían a su alrededor, dudaba si había sido lo correcto.
Pensaba en
su mamá, sus tíos y sus hermanos. Estaban a cientos de kilómetros, en su tierra
natal, trabajando desde bien temprano para generar lo suficiente para pagar el
alquiler en un pequeño apartamento que terminó estando en la zona de conflicto.
“Por ellos
es que salí”, se dijo, cerrando así la diatriba que tenía para sí entre largas
respiraciones y eventuales cambios en la herida que ya se comía con sangre
cualquier harapo que intentase contenerla.
Pensó que
allí acostado encontraría su final. Vio a su alrededor y se encontró con varios
compañeros de la universidad que a pesar de contar con capuchas improvisadas en
sus rostros hechas con franelas y pantalones, los reconocía. A pocos metros,
una señora vestida con una colorida bata oraba en silencio con un rosario de
madera en la mano.
Muy a lo lejos
veía que abrían paso a varias personas. Calculaba que tuviesen su edad, aunque
a diferencia de él, vestían prendas que solo había visto en televisión para entrar
a quirófano o que a veces se encontraba en el bus de la tarde y que sabía venían
de la Facultad de Medicina. Llevaban puestos cascos blancos con cruces en la
parte frontal que se asemejaban a la Cruz Roja.
Cerró los
ojos ante el dolor que ya había aumentado. Respiró profundo y sintió que las
voces se desperdigaban hasta volverse murmullos.
Ya no
estaba en ese piso sucio y ensangrentado sino en el patio trasero de su casa
natal, entre las montañas. Los grillos aún sonaban mientras sus hermanos le
golpeaban en la cabeza para recordarle que las verduras y hortalizas debían
limpiarse antes de llevarlas al camión.
Mientras se
desperezaba, intentando acomodar su melena de color negro azabache, su madre estiraba el
mantel de plástico en la cocina para acomodar en el plato de peltre una arepa
con huevo revuelto que, viendo las orillas, había pasado mucho tiempo en el
budare.
“Después de
que coma me revisa la bombona de gas”, le indicaba ella mientras aplaudía dando
forma a un trozo de masa de maíz.
Mientras
cepillaba sus dientes pensaba lo tranquilo que era ese espacio y lo hermoso que
era estar en él. Luego recordó la herida a un costado.
Cuando
abrió los ojos ya no estaba en aquella tierra de clima húmedo sino en una
camilla en una agitada sala de emergencia. Ya no había rastros de voces
conocidas. Eran lo que creyó decenas de personas revisando esa salida de sangre
que tenía.
Así lo
recordó meses más tarde mientras veía por la ventana de su apartamento. Las
calles ya no tenían obstáculos como en cada convocatoria de resistencia. Ni
siquiera los árboles que brevemente allí recordaba.
Solo veía gente
buscando cualquier sombra para protegerse mientras llegaba un bus. Se tocó la
ahora cicatriz que tenía y pensó en su futuro. No lo veía en ese lugar que
llamaba hogar ni en la carrera por la que su familia apostaba. Era momento de seguir adelante, de mantener la
lucha aunque ya no en aquel lugar en el que alguna vez defendió con su vida.
El (intento de) atraco a un venezolano
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| Foto: sin crédito adjudicado |
El sol de Panamá era en ese momento tan
picante como el de Maracaibo, esa ciudad de la que salió despavorido huyendo de
la inflación y de la alta inseguridad. Llevaba algunas semanas sin
documentación legal, extrañando las mandocas de desayuno y la cuenta abierta -y
casi ilimitada- que tenía para sus cenas en un puesto de hamburguesas en la avenida
Las Delicias.
Llevaba varias semanas trabajando en un taller
mecánico en un acomodado sector en el centro. Lograba llegar tras cada jornada
a un cuarto alquilado con las manos llenas de aceite y con una de las pocas
camisas que empacó sudada hasta la última hebra, pero con varios dólares en su
billetera que pese a que en este espacio lucía como poco, gracias al distorsionado
cambio era una millonada que permitía ayudar a su hijo y a su familia en su
tierra natal.
Ya en los primeros días le había costado
asimilar el choque cultural de un venezolano en un país que no había sido transformado a ruinas como el suyo. En la casa donde había alquilado
habitación alguien le comentó que a pocas cuadras había un pequeño abasto donde
podía surtirse de lo necesario a buen precio y no creyó, hasta llegar, que eso
fuese cierto.
Salió feliz entonces de aquel sitio con más
rollos de papel sanitario de los que necesitaba. Había encontrado incluso una
mermelada de una fruta cuyo sabor ya ni recordaba. Mientras pensaba las mil
maneras de cómo untarla con todo el contenido que había en la bolsa, un susto
reconocido tocó cada nervio en su cuerpo.
El sonido de una moto, en aquella calle
solitaria, era para él un indicio de que pronto debería entregar sus
pertenencias, incluyendo su paga de la semana y aquel teléfono Apple con el que
tantas tuercas había tenido que engrasar para comprarlo.
Después de encomendarse a cuanto santo
recordaba o cuyos nombres inventaba, se volteó para darse cuenta de que solo
era un chico de entregas de comidas a domicilio que trataba de conseguir una
dirección. Desde ese momento se dijo a sí mismo que nunca más tendría el miedo
que tanto había desarrollado en su sitio de origen.
Por eso algunas noches después le pareció
insignificante ver a tantos niños intentar robarlo. Eran tres y el mayor no
pasaba de los catorce años. Venía en su
trayecto habitual pero el clima se prestaba para desviarse y recorrer un poco
la ciudad. Fue allí que llegó a un tramo en el que los jóvenes rufianes
aprovecharon la falta de iluminación para acercarse con navajas que
perfectamente se podrían ocultar en bolsillos.
“Vení y clavámelo en el pecho”, amenazó el
maracucho con su acento rajado. No tenía miedo. Ya le parecía tan amateur la
experiencia de intentar extorsionarlo con un cuchillo para mantequilla que hasta les daba
lástima y pensó en darles el de mayor tamaño que él tenía en su morral.
Los asaltantes contrariados no supieron qué
hacer ante los insultos del venezolano que hasta le tocaba el brazo al que
tenía el filo más cercano para pedirle que intentara hacerle daño.
“Este lo que está es endrogao”, escuchó a
decir a uno de los atracadores antes de que salieran espantados sin el botín que
esperaban. Pese a que se sentía invencible, procuró desde entonces no recorrer
nuevas rutas desconocidas, al menos en horarios donde la oscuridad ayudara a
las actividades delictivas.
Al llegar a casa se lavó con abundante
jabón las manos y el rostro, devoró una cena ligera y se lanzó a la cama.
Acostado bajo las sábanas analizó en frío la situación y pensó que podría tener
más noches así, que otros considerarían peligrosas pero que para él resultarían
un paseo del que ya estaba vacunado. Había vivido peores escenarios y todos lo
había superado en Venezuela. Estaba listo para seguir adelante.
Francia
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| Foto sin crédito adjudicado |
Un día
despertó y sintió que la niñez para él había acabado. Comenzó despejando su
escritorio de todo lo que pareciera infantil. Eso incluía sus figuras de
colección de Pikachu, Transformers y lo que venía como adjunto de la Cajita Feliz.
Revisó sus
libros y se topó con cientos de comics que con tanta disciplina había logrado
comprar a sus compañeros de clases gracias a las mesadas y regalos de la
abuela. Prometió venderlos todos en
Internet al mejor postor al regresar de su colegio.
Después de
un baño vio incluso que la toalla y las sabanas le recordaban a ese infante que
no quería ser. Los envolvió juntos y los lanzó al cesto de la ropa sucia. Le
dijo a su madre que ya no los quería al tiempo que tomaba en una taza grande un
poco de café que estaba hecho desde más temprano. Le repugnó de entrada y aseguró darse un
tiempo para comenzar ese ritual.
Ya fuera de
casa el día le pareció más brillante, todo lo veía distinto. Cerró los ojos,
sonrió y agradeció al cielo por todo lo que tenía.
En los
siguientes días el humor cambió. No comía lo que acostumbraba porque no se
conseguía, no podía salir ni al parque por las historias de atracos a vecinos y
en la casa se quedaba encerrado sin electricidad, con cortes de hasta cuatro
horas una vez al día y siete veces por semana.
Fue en uno
de estos periodos sin luz que su prima llegó con un reproductor portátil de
DVD. Allí en un episodio especial de una serie de televisión descubrió una
bella versión de La Vie en Rose interpretada por una de las protagonistas.
Le cautivó
tanto esa melodía que al tener Internet de nuevo buscó con euforia la letra, el
significado e incluso otras interpretaciones. Allí llegó a Francia, a su vino,
a la torre Eiffel, a los campos elíseos, a la moda y a su gastronomía.
Como pudo añadió
la canción en su teléfono inteligente y cada tanto que podía la reproducía una
y otra vez, en un eterno bucle que hizo fastidiar a sus compañeros, a su mejor
amigo e incluso a sus profesores, quienes hicieron llegar luego la crítica a
sus padres.
Su tío
abuelo, otrora trotamundos, al escuchar comentarios sobre la situación, le
regaló todo lo que había acumulado durante viejos viajes al continente europeo,
incluyendo una bandera y un libro descriptivo que le daba referencias y datos del
país anhelado, incluso más que Wikipedia.
“Déjenlo en
paz”, le decía luego este a los familiares cuando veía que el chamo llegaba con
propuestas como hacerse un tatuaje con colores rojo, blanco y azul o que quería
aprender el idioma en un instituto de la ciudad.
Ese apoyo
le devolvió la sonrisa a su rostro. Agradeció luego los libros, las películas y
hasta los ciclos de cine que siempre había ignorado.
Había
comprendido que no tenía la edad ni la capacidad para comerse todavía al mundo
pero sí una meta: debía pisar Francia. Se olvidaría de los comics, de las
figuras de acción, de los apagones y de la falta de comida. Iba a intentarlo,
aunque sabía que tendría un largo camino por delante.
El oasis que rodaba
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| Foto sin crédito adjudicado |
El bus los había dejado en el infierno. La unidad se había accidentado en esa jungla de concreto y el chofer tuvo que bajarlos tempestivamente, sin devolverles el pasaje. Como estaban a media cuadra de donde sabían pasaba otra ruta, a nadie le importó.
El calor era sofocante, un desespero al que se le unía la hora pico, la cantidad de autos que evitaban la marcha estudiantil cercana, las personas que competían por un puesto en el siguiente transporte y el saber que la periodicidad de los buses en esa zona solo era equivalente al paso del cometa Halley por la Tierra.
Aquel microbús color naranja aparentemente vacío se esperaba más que agua de mayo. Cada uno de los que logró subir conseguía en su entrada música anglo de los años 80 seguido del saludo de un conductor cordial que los acomodaba en una posición estratégica mientras recibía el pasaje. De entrada, en medio del caos, no se creía.
“Los que son jóvenes me le van cediendo el puesto a los ancianos que van llegando”, indica en un tono firme pero amable. No tiene más de 50 años de edad pero los surcos en la frente son pronunciados dando una apariencia mayor bajo esa inclemente iluminación. Lleva medio brazo fuera de la ventana con una manga hecha de recortes de tela ya descoloridos probablemente por la cantidad de sol que ha atrapado.
Los parlantes presentaban a Freddy Mercury cantando en Queen cuando estaba en todo su esplendor. Nadie podía conversar porque la música en alto volumen los silenciaba en automático. Las paradas se anunciaban desde este momento a gritos o con golpes al techo.
“Está bien, le bajo”, masculló ante las críticas. Una señora, de traje conservador, se le acercó para preguntarle por qué tenía música que señaló como mundana. El hombre aprovechó la parada que les había dado el semáforo para mirarla con cara de indignación.
"Señora, pero si este es Mercury. Sería marico y todo pero es una leyenda, y sigue siendo mejor que escuchar vallenato”, le dijo. Siguieron entre ambos algunas palabras inentendibles para terceros que en apariencia ayudaron a evangelizar a la mujer sobre gustos musicales.
“Es que si llego a poner reggaetón o música de esa, muy basura, vendo el micro”, comentaba mientras ayudaba a una anciana a bajar la escalinata. En algún momento alguien interrumpió Africa de Toto para hacerle saber al chofer que debía parar “en la bomba”. El musicalizador andante se molestó y sin dejar el volante apagó el reproductor para indicar que se estaba en un error y que la forma correcta de decir era “estación de servicio”.
“Es que si nadie se lo corrige, siguen con los errores”, le asegura a otra doña buscando su aceptación. En el resto del trayecto, las paradas llenas de basuras a las que llegaban alternaban con Spirit in the sky de Norman Greenbaum y Sweet child O Mine de Guns N Roses. Salir de esa rockola era lamentable y no fueron pocos los que se lo hicieron saber al conductor.
“Bueno, aquí me tienen. Ya saben a dónde subirse”, les comentaba mientras soltaba una sonrisa, subía el volumen y se perdía con ese oasis que rodaba entre todo el fuego en el concreto.
Hasta aquí nos trajo el río
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| Foto: Rafael Bastidas |
El bus daba vueltas por el sector sin conseguir
una salida. Era una especie de laberinto de la arquitectura moderna en la
provinciana ciudad. La ruta habitual de
ese carcamal amarillo desvencijado había sido bloqueada por una marcha en la entrada
de la Ciudad Universitaria y ahora debía improvisar una vía alterna para
intentar llegar al otro extremo.
El público era variopinto pero todos tenían en
común que se ahogaban con el calor que hacía dentro de ese transporte público.
“Esta verga se la llevó quien la trajo. ¡SEGUÍ ESE OTRO BUS QUE ESE VA PAL
MISMO LUGAR”, gritaba una señora atareada con varias bolsas en sus piernas
mientras intentaba –sin éxito- apartar el calor de su empapado cuerpo agitando
su mano como si fuese un abanico.
El conductor lucía nervioso. Sentía que en
cualquier momento los estudiantes pudiesen desviar su agenda de protesta hacia
el gobierno para enfrascarse contra la unidad que él manejaba. Los que se mantenían de pie en el pasillo le
indicaban qué tanto debía retroceder mientras los que estaban a la orilla de la
ventana lanzaban recomendaciones sobre dónde cruzar.
Al final optó por pasar encima de varias aceras
y atropellar varias bolsas negras de basura para evitar algunas calles.
Con la mano izquierda daba más vueltas de lo
usual a un volante que sobrepasaba el diámetro de su cuerpo (de por sí
abultado) mientras que con la derecha hacía los cambios en una complicada y
aparatosa palanca que alternaba con dos golpes al tablero para estabilizar la
estación de radio sintonizada. Sonaba un
estridente vallenato que en medio de la crisis más de un pasajero tarareaba.
El chofer logró llegar al punto siguiente de su
trayecto como si una nave espacial hubiese saltado galaxias en un hoyo negro,
con meteoritos, invasiones, marcianos y explosiones de por medio. Se recogía la
cascada que bajaba desde su frente mientras intentaba no tocar al otro bus que
iba en el carril opuesto. Tanto fue el acercamiento que se encontró de forma
cercana con la ventanilla del otro conductor.
“Ve que más adelante están atracando”, le
advierte su homólogo. Procedió entonces a apiñar aún más a quienes estaban
dentro de la unidad para cerrarle la
puerta a esa congestionada avenida que ya entraba en hora pico.
Habían pasado unos diez minutos desde el último
cambio del semáforo y ningún vehículo se movía. Algunas mareas después de sudor
y unos cuantos lamentos en radio, tocaba el turno de desplazarse, pero nada
sucedió. Aquel conductor decidió utilizar las dos manos en la palanca que ahora
no reaccionaba y que solo lo hizo para lanzar un crujido que ahogó la canción
melancólica que sonaba en aquellas cornetas.
Se llevó el hombre la mano derecha a la cabeza para
luego darse cuenta de que la tenía llena de aceite. En uno de esos movimientos
extremos, algo pisó que incidió en el motor y había dejado a ese capitán con
toda su tripulación varada.
“Bueno señores, hasta aquí nos trajo el río.
Esto se jodió”, decía a la par de buscar una toalla recortada y sucia para
limpiarse la cara.
Lo insultaron e incluso maldijeron pero no
devolvió el pasaje. Esperó hasta que el último saliera por ambas puertas para
encerrarse. De una compuerta cercana a su asiento sacó una hamaca y la colgó
dentro. Decidió sentarse a realizar llamadas con la mayor comodidad posible.
No le importó que estuviese a mitad de la calle
o que cada auto que pasara tocara corneta hasta el cansancio. No se molestaría
por algo que le pasaba a cada rato y que ya veía como situación ajena a su
voluntad. Solo esperaría.
El bachaqueo
Acercó su Mitsubishi Lancer blanco a la parada. Tres chicas, menores de treinta años, con rasgos indígenas y varias bolsas de supermercado, tocaron el vidrio pese a que no era el único taxista en la línea. Se extrañó, pero imaginó la pregunta con la que vendrían. Querían que las llevara, a las nueve de la noche, desde un conocido centro comercial al norte de Maracaibo a El Moján, al otro extremo del estado Zulia.
Él aceptó. Sabría que con esa carrera ya no tendría que trabajar ni el resto de la noche ni el día siguiente. Se montaron en la parte trasera de aquel auto conversando sobre su día, sobre la pericia de conseguir detergente, arroz, jabón de tocador, harina de trigo y pasta en menos de ocho horas y cómo cada una iba a vender al llegar a su destino con sobreprecio, porque debían recuperar el dinero y el tiempo invertido.
El taxista, impávido escuchando aquellas declaraciones, se indignó. Le compró a precio justo el término bachaqueros al gobierno nacional que como ellas aprovechaban la ociosidad para adquirir alimentos y revenderlos a la clase media, los únicos que se mantienen en sus jornadas de trabajo y terminan comprando a esta nueva clasificación de venezolanos porque nunca consiguen nada.
A los 25 de los 50 minutos que debía durar en esas condiciones el recorrido, les reveló que la carrera les costaría 6 mil bolívares en vez de los habituales 1500 que ellas aseguraron pagaban en horario regular. Él, dijo tajantemente, también iba a bachaquearles la carrera.
El trío se estremeció al escuchar los números de boca del hombre de veintitantos años. Golpeaban con la mano el asiento delantero exigiendo pagar la cifra que ellas estimaban. Una de ellas luego demandó que las dejaran justo en el lugar donde estaban: un paradero oscuro a mitad de la nada.
Él insistió en que no las iba a dejar más que en el centro comercial donde las recogió en lugar de ese sitio sin aceras ni luces cercanas. Ellas maldijeron durante toda la vía de vuelta. Lo amenazaron también con aplicarle técnicas que harían sonrojar hasta al maestro vudú más incorrecto. Él no se inmutó, las dejó en el lugar de partida y les deseó feliz noche, sin cobrarles ningún centavo.
Allí estuvieron las tres mujeres preguntando a cuanto vehículo pasaba si las podía llevar. Al menos hasta las once de la noche ninguno había aceptado.
De acuerdo a los vigilantes y al taxista de la historia, las bachaqueras desplegaron sus paquetes y los utilizaron como almohadas en un engramado cercano. Amanecieron allí, se enjuagaron luego la boca con una fuente de agua y continuaron su rutina. Ese día posiblemente se irían más temprano a su hogar, aunque los testigos las identificarían más tarde en nuevas colas del supermercado.
La conversación
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| Foto propia (2015) |
Voy terminando una de las primeras prácticas de la sección de la noche de Taller de Redacción y Estilo Periodístico en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia. La actividad consiste en redactar en viejas computadoras Pentium III (algunos con monitores famosos por allá en 1993), imprimir y retirarse, tras darles una pequeña charla personalizada sobre qué esperar luego.
Un grupo de estudiantes se queda conversando bajo la excusa de esperar a otros compañeros para marcharse juntos y esquivar así posibles atracos en el camino. Una, con rasgos que una abuela identificaría como “árabe”, me comenta lo difícil que le ha sido no solo asistir a estas clases sino a las de los periodos anteriores.
Habla con detalles y sin inhibiciones sobre cómo le quedó la misma materia con otra profesora en un horario matutino, de la dificultad de llevarle el paso y de la actitud de ella hacia su aprendiz. Asistió solo a las primeras clases y luego dejo de ir al calcular las notas que llevaba y las que le hacía falta.
-Y bueno, finalmente me raspó. Uno necesita un profesor como usted, que le explique y entienda bien.
Le agradezco el halago y le indico que he obviado algunos detalles que un estudiante en una escala universitaria ya debería haber superado (como errores ortográficos y acentuación) aunque reitero la promesa de olvidar esas concesiones en las últimas prácticas porque definitivamente debía ser así.
Ella escucha en silencio y analiza muy bien antes de responder. Piensa cada palabra como si barriera con la mirada el enunciado de un problema en un libro de matemáticas. Sus compañeros se aglutinan a su alrededor esperando su réplica, incluso aquellos a los que esperaban para marcharse.
Frunce el entrecejo y traga saliva antes de abrir la boca, tocarse el cabello a la altura de las orejas y concluir la conversación con un: “ajá profe, ¿pero al final con la nota que tengo paso? Porque no la quiero volver a ver…”.
Me le quedo mirando y le abro la puerta. Me paro a un lado y le hago el gesto de que siga avanzando. Ya no había nada más que agregar.
domingo, 9 de agosto de 2015
Publicado por: David Padilla g
La última pasajera
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| Foto: ElImpulso.com |
El área del terminal nacional del aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía, en Caracas, muestra su bullicio habitual de domingo en la noche. Se ven por los extensos pasillos a pasajeros esquivando la pesadez de la espera con música a través de audífonos, con libros doblados para mejor lectura o conversaciones que dejan los pequeños espacios entre las estaciones de carga para teléfonos celulares.
La puerta de abordaje número 2 se encuentra más abarrotada que en sus días normales. Todo un contingente de pasajeros espera que el vuelo V114 de una aerolínea expropiada por el estado termine de subir a sus interesados para que otra tome su lugar y embarque a más de 60 personas que se cuentan a simple vista deseosos de ir o regresar a Maracaibo.
Pese a que el extenso grupo comienza a quejarse, no pierde el orden de una fila espontáneamente acomodada para agilizar el ingreso al avión. Entre tantos susurros que lentamente pasan de diálogos a gritos, una voz femenina interrumpe en el altavoz con el anuncio de un nombre en específico que tras su repetición suena a súplica.
-Se le agradece a la pasajera (nombre y apellido completo acá) presentarse por la puerta de abordaje número 2. Se le agradece a la pasajera (nuevamente, nombre y apellido) presentarse por la puerta de abordaje número 2. ÚLTIMO LLAMADO
La muchedumbre ve a su alrededor y sigue comentando, aunque en cuestión de minutos se despliega como si Moisés hubiese lanzado su vara al suelo del Mar Rojo para separar las aguas. Una chica de unos 25 años, de cabello negro hasta los hombros, chaqueta roja y minifalda de jean, camina entre la multitud arrastrando una pequeña maleta desde una extensión plegable en su mano izquierda.
En la mano derecha aprisiona un irregular plato de cartón donde el dedo pulgar no permite que una jugosa torta de chocolate se desparrame a otras regiones de su ropa. Se acerca con parsimonia al cubículo donde toca identificarse para subir al avión. A pocos metros paraliza su marcha para ir comiendo, a tramos, tan vistoso manjar.
Así, cada vez que parece llegar al sitio, hace una parada donde estabiliza el equipaje, posiciona su cuchara y se zampa un pedazo de ese esponjoso dulce.
Después de aquel ritual, se identifica como la persona a la que llaman por parlante. El que la atiende le indica que agradece su asistencia y le hace saber que con ese trozo de torta de chocolate no podía subir al avión, al menos no como lo presentaba.
Ella, luego de perder parte de su colorido labial consumiendo el postre, comenta indignada que su retraso se debió a su compra y que no iba a subir hasta que lo terminara. Acto seguido, estabiliza nuevamente su maleta y procede a comer bocado a bocado aquel producto adquirido en una tienda del final del pasillo.
Ante la mirada atónita del lado derecho e izquierdo de ese Mar Rojo, la última pasajera degusta cada centímetro de su pastel hasta que un barrigón del vuelo en espera grita entre dientes en su contra.
-Mirá mardita, termináte eso que quiero irme pa mi casa.
Ante el peculiar llamado, que hace voltear a más de uno, la chica de cuerpo esbelto da un gran mordisco hasta doblar el plato de cartón y agradece, aún con la boca llena, a quien le entrega en su mano el boarding pass de confirmación.
Se va por el corredor, con el caminar de una miss, mientras que un inmenso público esperaba expectante que los llamaran para llegar a su destino.
La aventura
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| El gringo (en Flickr) |
Llegó domingo. Entendió finalmente la canción de Ilan Chester en la que asegura que todo comenzó una mañana diferente a todas las que ha visto pasar. Comprendió que su felicidad no estaba en ese trabajo mal pagado que un día había anhelado ni en las colas del supermercado para comprar dos kilos de harina de trigo a la semana.
No tenía hijos ni responsabilidades que lo ataran. Solo tenía ese sentimiento vago de patriotismo que una fuerza política había distorsionado a gusto y transformó a semejanza de su corrupción.
Tomó un largo morral de su closet. Metió toda una vida más dos pantalones, tres franelas y respiró profundo. Soltó algunas lágrimas pero sonrió. Sabía que sin importar lo que pasara sería feliz donde su experiencia como ingeniero lo llevara.
Recibió un beso en la mejilla de su madre, más la señal de la cruz esparcida en su frente. Un fuerte sonido del taxi los separó de ese invaluable abrazo. Mientras el taxista comentaba sobre la inflación, la delincuencia y los resultados del béisbol, él pasaba una a una las fotos en su celular de la despedida que sus amigos le habían hecho la noche anterior.
Se le formaba una sonrisa quebradiza. No podía hacer más nada mientras una música estridente en sus audífonos ahogaba los lamentos del conductor.
Se chequeó de primero en el aeropuerto. Le tocó esperar un buen rato para que luego le examinaran el alma en busca de drogas. No encontraron más que un simple encendedor de metal que tuvo que botar porque había olvidado sacarlo del equipaje de mano.
En la cola para el avión deseaba haber tenido fuego para encender un cigarrillo. Le tocó un asiento solitario. Imaginó que era porque nadie tenía dólares para comprar pasaje para irse de Venezuela. Él sí. Los reunió durante un año vendiendo hasta ese preciado anillo que su fallecida abuela le había regalado cuando se graduó de sexto grado.
Lloró en silencio. En su hogar le enseñaron que los hombres no debían derramar lágrimas y contuvo varias bajo los redondos lentes negros que llevaba. Se consolaba diciendo que su madre no tuvo que vender el apartamento como había jurado que lo haría con tal de que escapara del país y rehiciera su vida fuera, comenzando desde cero.
Durmió un rato. Despertó con los labios secos, justo en el momento en el que la aeromoza le ofreció un vino o jugo para amenizar tantas horas de vuelo.
Abrió el protector de la ventanilla y miró hacia el horizonte. Faltaba poco para su destino. Vio el sol caer al tiempo que el avión daba un giro para arribar a la capital del país.
Miró hacia sus zapatos pensando en todo lo que debía procesar. Ese sentimiento de esperanza, de impotencia, de emoción, se revolvían en el estómago como ropa en la lavadora.
Cuando el avión tocó la pista y él salió por ese pequeño túnel hacia migración, se sintió lejos de su mundo, de las arepas con queso y crema de leche que puntualmente su madre le entregaba en un plato de peltre por las mañanas, de los gritos de la vecina apurando a su hija para que no la dejara el transporte, del gato que se asomaba por la ventana exigiendo su ración de carne y hasta de los tiroteos que en el sitio de comida rápida ubicado detrás del edificio ocurrían casi todos los fines de semana.
Se puso nuevamente los audífonos. Logró conseguir una conexión inalámbrica y revisó el celular. En él había un mensaje de su hermano menor donde sus tíos, primos y toda la familia que estaba disponible esperaban que hubiese llegado bien. También le recordaban que lo querían mucho y aunque estuviese a miles de kilómetros de su origen, estaban con él.
Sonrió. Esta vez como si le contaran un chiste. Respondió en una o dos palabras y apagó el aparato. Sabía que todo andaría bien, sin importar lo que ocurriese, porque nunca estaría solo. Tomó el morral de la banda de entrega y lo ajustó con fuerza a sus hombros. Se enderezó y levantó el mentón. La aventura apenas comenzaba.
El cumpleaños
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| Sin créditos originales |
Me monté en el taxi. Era colectivo porque pese a que tenemos la gasolina más económica del mundo, la falta de repuestos y la desaparición progresiva de alternativas sigue dando lugar a esta modalidad de traslado grupal en Venezuela...al menos por esta zona del país.
En la parte trasera estaban tres chicas, entre 19 y 20 años, que criticaban que hubiesen podido hacer más. Una de ellas, en apariencia la más joven, fue engañada por el “bastardo e inconsciente” de su novio o “peor es nada” como más tarde lo identificaría. Habían decidido pasar de sus clases de la universidad al cine para olvidar ese engaño gracias a las actuaciones de Colin Firth y Taron Egerton en la genial Kingsman.
La engañada se dirigía al norte y las otras dos al sur de Maracaibo mientras yo quedaba en el intermedio, escuchando cada llamada del idiota que nunca supo esconder el condón usado y que pese a sus objeciones no tuvo el placer de escuchar el cachondeo del taxista de esa noche.
Hubo lloriqueo, conversaciones que en algún momento debieron ser íntimas mientras el interminable semáforo marcaba en cuenta regresiva uno desde sesenta. “¿Tu casa tiene tres bolsas negras al frente? ¡Qué molleja de referencia!”, decía la más conversadora mientras me dejaban. Habíamos ubicado a la afectada pero las incitadoras del evento se encontraban todavía en ese Hyundai Accent año 2001 hasta que las posicionaran en un único sitio al otro lado de la capital zuliana.
Por lo que entendí, hubo sexo de por medio y no precisamente entre las involucradas. Una tarjeta de presentación rozó en mi regazo pero recordé que podría haber sido de una de mis estudiantes en LUZ, de las que copian y pegan para los trabajos finales o que se quejan porque no llego a los treinta años como para darles clases. Fue a parar al conductor quien la guardó sin pudor en su bolsillo de la camisa, esa que se ubica al lado del pezón izquierdo.
Llegué a mi casa asegurando que también era mi cumpleaños. Ese 27 de abril recibí más abrazos de los esperados justamente de ese taxi. Recordé como en años anteriores ignoré las leyes de un condominio por dejar estacionar a amigos en lugar donde no podían hacerlo, permitir beber a otros en un sitio donde mi tía pagaría más tarde un tercio de un salario mínimo o donde otros harían fiesta para celebrar una edad que no me correspondía.
Me recordó a aquellas tardes que disfruté de alcohol que ya no se consigue y que si lo hay ya no se puede pagar. De las reuniones que patrocinaba porque ganaba en Bolívares y que hoy sinceramente no podría costear a menos que percibiera en dólares. De esas conexiones que a través de textos como estos podía hacer y que hoy, debido a la escasez de alimentos y del tiempo que me exige, ya no puedo redactar.
Esa noche me despedí agradecido. No muchos habían recordado el onomástico. Entendí que quienes lo hacen son los que verdaderamente vale la pena recordar en el tiempo porque saben usar Facebook o me tienen bien anotado en su agenda.
No hubo más despedidas en aquel vehículo. Había más fiesta de la que yo quería allí. El taxista agradeció el gesto y me dejó. Para él la noche apenas comenzaba.
Día del libro 2015: cuatro recomendaciones
Se celebra cada 23 de abril desde 1995. El día del libro es la excusa perfecta para regalar una publicación que nos guste o que simplemente nos haya marcado. En Venezuela tenemos varias limitantes: un libro nuevo cuesta en promedio un 25% de un salario mínimo, aunque si es el autor de moda el precio puede llegar hasta 50%.
La burocracia gubernamental hace de las suyas y para editar nuevos textos desde el país habría que pasar por una serie de trabas donde sale mejor importarlos, aunque esto tampoco se puede hacer por la falta de divisas.
Por eso se aplaude cualquier iniciativa donde se hagan trueques mediante bancos de libros o esas mega-ofertas en las que eventualmente se pueden ubicar en los mesones excelentes títulos de no tan reciente data en algunas librerías de Maracaibo.
Ante nuestra (auto) exclusión de un mercado global, me permito hacer unas concesiones gracias a Internet bajo la aclaratoria de que sigo sin apoyar la piratería pero estoy de acuerdo en la difusión del conocimiento. Espero que al menos con las recomendaciones que hago entiendan la diatriba:
- 1Q84 -Haruki Murakami: Es hasta ahora lo más ambicioso del autor japonés, pensado en tres volúmenes. Mantiene el estilo de alternar historias en apariencia sin ninguna relación pero que poco a poco va hilando de manera magistral.
Sinopsis
En japonés, la letra q y el número 9 son homófonos, los dos se pronuncian kyu, de manera que 1Q84 es, sin serlo, 1984, una fecha de ecos orwellianos. Esa variación en la grafía refleja la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes de esta novela, que es, también sin serlo, el Japón de 1984. En ese mundo en apariencia normal y reconocible se mueven Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos rondan los treinta años, ambos llevan vidas solitarias y ambos perciben a su modo leves desajustes en su entorno, que los conducirán de manera inexorable a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen: la bella Aomame es una asesina; el anodino Tengo, un aspirante a novelista al que su editor ha encargado un trabajo relacionado con La crisálida del aire, una enigmática obra dictada por una esquiva adolescente. Y, como telón de fondo de la historia, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el narrador escarba con precisión orwelliana.
- Ébano - Ryszard Kapuściński: El maestro Kapuściński es todo un storyteller pero también un trotamundo, un redactor de poesías y de textos periodísticos que enlaza a través de increíbles relatos. No se puede hacer una presentación de su libro porque hasta ese punto él lo pensaba con bastante antelación.
Sinopsis
He vivido unos cuantos años en África. Fui allí por primera vez en 1957. Luego, a lo largo de cuarenta años, he vuelto cada vez que se presentaba la ocasión. Viajé mucho. Siempre he evitado las rutas oficiales, los palacios, las figuras importantes, la gran política. Todo lo contrario: prefería subirme a camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical. Su vida es un martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos. De manera que éste no es un libro sobre África, sino sobre algunas personas de allí, sobre mis encuentros con ellas y el tiempo que pasamos juntos. Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos «África». En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe.
- Biografía de Steve Jobs - Walter Isaacson: La mente creativa de lo que hoy es Apple se desarma en esta publicación. No se vende como un Dios sino como el humano creativo, pedante y explosivo que supo manipular su entorno pero también cambiar paradigmas en todos los ámbitos posibles. No hay punto medio al hablar de Steve Jobs: o se ama o se odia. Esta biografia, presentada de manera magistral por Isaacson, ayuda a delinear ese terreno.
Sinopsis
La muerte de Steve Jobs ha conmocionado al mundo. Tras entrevistarlo en más de cuarenta ocasiones en los últimos dos años, además de a un centenar de personas de su entorno, familiares, amigos, adversarios y colegas, Walter Isaacson nos presenta la única biografía escrita con la colaboración de Jobs, el retrato definitivo de uno de los iconos indiscutibles de nuestro tiempo, la crónica de la agitada vida y abrasiva personalidad del genio cuya creatividad, energía y afán de perfeccionismo revolucionaron seis industrias: la informática, el cine de animación, la música, la telefonía, las tabletas y la edición digital. Consciente de que la mejor manera de crear valor en el siglo XXI es conectar la creatividad con la tecnología, Jobs fundó una empresa en la que impresionantes saltos de la imaginación van de la mano de asombrosos logros tecnológicos.
Aunque Jobs colaboró en el libro, no pidió ningún control sobre el contenido, ni siquiera ejerció el derecho a leerlo antes de su publicación. No rehuyó ningún tema y animó a la gente que conocía a hablar con franqueza. «He hecho muchas cosas de las que no me siento orgulloso, como dejar a mi novia embarazada a los veintitrés años y cómo me comporté entonces, pero no hay ningún cadáver en mi armario que no pueda salir a la luz»
- Crónica de una muerte anunciada - Gabriel García Márquez: del autor colombiano es difícil elegir una obra. Me quedo en esta oportunidad con esta simplemente por la manera en la que juega en los tiempos sin perder el estilo que lo caracteriza.
Sinopsis
En un pequeño y aislado pueblo en la costa del Caribe, se casan Bayardo San Román, un hombre rico y recién llegado, y Ángela Vicario. Al celebrar su boda, los recién casados se van a su nueva casa, y allí Bayardo descubre que su esposa no es virgen. Cuando lo descubre, devuelve a Ángela Vicario a la casa de sus padres, donde su madre la muele a golpes. Ángela culpa a Santiago Nasar, un vecino del pueblo.
Los hermanos Vicario –Pedro y Pablo–, obligados por la defensa del honor familiar, anuncian a la mayoría del pueblo que matarían a Santiago Nasar. Nasar no se entera, sino minutos antes de morir. Los hermanos matan a Santiago, después de pensarlo en varias ocasiones, en la puerta de su casa, a la vista de la gente que no hizo o no pudo hacer nada para evitarlo. A los 27 años, un amigo de Santiago (el narrador) reconstruye los hechos de los que él fue testigo.
Años después, Ángela Vicario estaría escribiendo cada día a Bayardo, primero formalmente, después con cartas de joven enamorada y, al final, fingiendo enfermedades. Así, Bayardo vuelve 17 años después, claramente desmejorado y con todas las cartas sin abrir.
Venezuela a través de mi blog
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| Foto: pressmaster |
En tiempos de hegemonía comunicacional de estado, en Venezuela los blogs siguen abriéndose como pequeñas ventanas en el país, no solo para informar sino para crear consciencia ciudadana a través de diferentes temáticas.
Es mediodía de un fin de semana cualquiera en la Venezuela post-Hugo Chávez. Mientras los temas en Trending Topics en Twitter siguen siendo aquellos donde el gobierno ha establecido pautas contra el imperialismo, la “derecha fascista” y cualquier otro tópico ajeno al día a día, la agenda informativa de dos chicas de Maracaibo se orienta, a través de su blog, por temas que creen más prioritarios.
“Consideramos hablar acerca de arquitectura, arte, diseño y cultura, porque son aspectos necesarios de cultivarse en nuestro país. El mejor paso para empezar es pensando en los jóvenes como público y al mismo tiempo llevar nuestra opinión en voz alta. Aunque a veces tratamos ideas complejas y desconocidas, nos aventuramos con nuestros lectores”, comentan las blogueras a través de una estructurada entrevista vía correo electrónico.
Son Fabiana Parra y Andrea González. Ambas son arquitectas y no superan los 25 años de edad. Pese a las ideas de personas mayores que pudieran decirles que Venezuela se ha convertido en ese pueblo rural del país del que hay que salir para crecer, ellas tienen claro su objetivo de expandir su bitácora en Internet e incluso se preparan para ello cursando un posgrado.
Piensan que su aporte a esta nación lo realizan en su espacio en la Web fomentando la expresión.
“Creemos que el motivo inconsciente siempre será destacar el talento venezolano en cualquiera de sus ámbitos, ser un medio de información alterno a los tradicionales que ya conocemos, eso acompañado con las voces de las personas que nos caracterizan: proactivas, creativas y siempre con algo que decir”, aseguran.
En un país de alta polarización política, dónde los radicales acusan a los medios de autocensurarse, ellas creen que debe existir un punto intermedio para expresarse y buscan aplicarlo en cada entrada. “Aprovechamos nuestras diferencias –señalan- para hacerlas evidentes en nuestro blog. Diferimos hasta en la manera de escribir, lo que hace que el blog sea más de nosotras”.
Blog como reto
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| Sin crédito |
No hay una cifra oficial de cuántos blogs existen en Venezuela ni de los que han prosperado en los últimos quince o dieciséis años. Muchos se han desvanecido en redes sociales como Twitter, herramienta que ha pasado a ser de importancia para el venezolano de a pie por la facilidad de redacción (similar a un mensaje de texto), la inmediatez del reporte a través de redes y por ser la válvula de escape directa ante la falta de informaciones en medios tradicionales.
Por eso las bitácoras lo tienen difícil a la hora de competir. Fabiana y Andrea lo ven muy claro y utilizan herramientas visuales para atrapar a sus lectores e incentivarlos a que reaccionen con el mismo impacto de un tuit o un mensaje en Facebook.
Comenzaron en 2013 en ese camino. La necesidad surgió de ambas para expresar su opinión y compartir vivencias para otras personas. Era un desahogo, como bien lo mencionan, pero también una manera de retribuir experiencias que pudiesen servir a aquellos que decidieron transitar por su misma vía.
“Como nosotras, el blog ha pasado por distintos procesos de transformación: desde estudiantes a tesistas y luego a profesionales. Nos encanta que eso se demuestre fácilmente en el nivel de contenido que queremos alcanzar, pero para ello hay que trabajar todos los días. Queremos continuar porque simplemente es un proceso que nos hace feliz, nos saca de la rutina de nuestros trabajos y nos mantiene creando, haciéndonos preguntas”, comentan.
Creen que el futuro de ambas es el futuro del blog pero entienden que el siguiente paso es salir de la red y entrar en una etapa de realización de talleres, elemento de ciudadanía donde puedan incluir a más personas con la visión de hacer cultura.
En sus declaraciones hay implícita una mentalidad de que hay que limpiar primero la casa si se quiere cambiar al mundo. Por esa razón piden primero que se realicen preguntas sobre cómo está el entorno principal, el que viven día a día: las ciudades.
"La respuesta a eso es generalmente frustrante porque toma tiempo. Es un proceso muy lento que necesita paciencia. Es imposible pretender que de la noche a la mañana las personas hagan algo bueno todos los días (…) la gente necesita cultura para aprender a querer la ciudad".
"No solo ver lo negativo, sino lo bueno que aún se está haciendo a pesar de eso", indican dejando claro que desde un blog o unas pequeñas líneas podrían afectar la perspectiva de otra persona y así, poco a poco, comenzar el cambio que se anhela para Venezuela.
El choque de Cirilo
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| Foto propia...del momento del choque |
Así me reveló -casi con un mar entre sus ojos-
cómo consiguió con su fiel carro en forma de embarcación marítima el pago de su
marcapaso y de cómo dio vueltas un fin de semana completo para conseguir los
medicamentos para su cáncer que finalmente le vendieron vencidos, bajo su
riesgo, porque era “lo que había”.
En la mañana del domingo contaba las penurias
para comprar tres pollos en la carnicería que pudo conseguir abierta. Comentaba
cómo había logrado cuadrar que el joven que le atendía dividiera un muslo con
una señora casi de su misma edad cuando una camioneta aceleraba en una calle
donde debía parar.
Iba a mucha más velocidad que el barco-taxi
donde yo iba montado. Pese a la excesiva rapidez, todo se vio en cámara lenta.
Recibí algunos golpes en la frente y en la barbilla y otros en la rodilla
derecha. Cuando pasé el shock, pregunté al señor Cirilo si todo iba bien con
él. Su lamento iba con el carro, con el vidrio resquebrajado y con el pasajero,
pero luego se dio cuenta de su dolencia en el brazo derecho por el volante.
Logró salir primero que yo del auto mientras el chofer de la camioneta trataba de abrir la puerta donde me
encontraba. Hice par de llamadas para comunicar que no iba a llegar hasta que
me di cuenta de mi sangrado. Era leve pero constante.
Tomé papel sanitario que Cirilo tenía en su
guantera y me recubrí. Salí para encontrarme con preocupados en la zona examinándome
por curiosidad y temor. Fui la atracción ante los que iban cruzando la avenida
donde estaba la colisión.
El taxista analizaba el impacto mientras yo llamaba
a tres o cuatro personas. Como nadie respondía me resigné a tomar fotos e
incluso a tuitear sobre el asunto. Ya estaba formado un tumulto de gente porque una hora
antes de nuestro choque hubo uno similar con heridos de gravedad.
No eran ni las diez de la mañana cuando otro
taxista de la misma línea donde trabaja Cirilo me buscó. Él anciano quería que yo llegara a mi destino
a tiempo. Le agradecí pero con el sangrado y los golpes decidí cambiar de
agenda e irme a casa.
Algunas horas y varios algodones
ensangrentados después, me contactó el segundo chofer. Le había dejado mi
número en caso de que necesitaran mi declaración. La necesitaban.
Aparentemente el primer policía que llegó al
suceso había reportado lesionados confundiendo el golpe de la mañana con el
nuestro y ambos vehículos debían ser confiscados por este hecho. Me
vestí y regresé al lugar confiando en que por mi nadie saliera perjudicado por los rasguños y los golpes que pasarán factura al día siguiente.
Era inevitable. El fiscal de transito había
hecho toda la gestión para que ambos vehículos pasasen arrumados a un
estacionamiento hasta que los involucrados desembolsen una suma cuantiosa por almacén
y servicio de grúa. Por como iba la conversación, todo estaba listo para que
surgiera entre los afectados la pregunta de “¿cuánto hay que darte para que eso
no ocurra?”.
Me fui, con una constancia de lesionado y con
una exigencia de la policía de que fuese a un médico forense para iniciar un
largo proceso burocrático donde Cirilo salió como víctima simplemente por
trasladarme, sin que terminara de contarme cómo pudo comprar tres pollos en la
carnicería.
Le regalé dos pastillas de ibuprofeno. Las
aceptó como bien sabe, con una sonrisa, llevándose eventualmente las manos a la cabeza y
pensando qué hacer con su vida a los setenta y tantos atardeceres ahora sin su antigüedad
rodante.
En Venezuela me quedo (incluye reportaje radial)
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| Foto: Dave Hernández |
A pesar de que hay alrededor de un millón y medio de venezolanos que han salido del país para buscar mejores condiciones de vida, trabajo y estudio, jóvenes menores de treinta años –por una u otra causa- aceptan el reto de seguir y crecer en la tierra de Bolívar.
Gusmán Daboín tiene 26 años. Tuvo que emigrar de su tranquilo y casi olvidado pueblo natal andino para matricularse en comunicación social en la ajetreada y caótica ciudad de Maracaibo. Concluyó no solo con el grado summa cum laude en su carrera sino que consiguió trabajo en la misma casa de estudios que lo vio llegar.
Hoy esa oficina donde ha forjado amistades o ha crecido y acumulado nuevas experiencias se desvanece de a poquito como saco de azúcar en el agua. En menos de un año al menos cinco compañeros se habrán ido del país o están en planes de hacerlo, al igual que casi un millón y medio de venezolanos en los últimos veinte años, según las estadísticas que van acumulando las organizaciones no gubernamentales.
Él no engrosará esa lista. No formará parte de ese cinco por ciento total de emigrantes por una de las razones que, como él, muchos jóvenes identifican: su familia.
"No me quedan dudas de que en otro país tendría mejor calidad de vida. Tampoco me quedan dudas de que en otro país no sería plenamente feliz sabiendo que Cecilia (su mamá) y mis hermanas aquí la están pasando mal. "No sería feliz consiguiendo toda la comida sin hacer colas y con servicios públicos óptimos, pero sin saber cuándo volveré a ver a mi mamá o si la volveré a ver”, comentó a principios de 2015 en una de sus redes sociales.
Quedarse entonces implica vivir con limitaciones, saber exactamente cuándo gastar y en qué no hacerlo. También convivir entre asientos vacíos mientras sucede todo pero, además, aceptando que se abren nuevas oportunidades que en crisis se han resuelto con formación, educando para continuar en el camino.
Reportaje radial elaborado para LUZ Radio
Los nuevos retos
“Tengo esperanza. Me niego a abandonarla. Sé que se está apagando esa lucecita de que las cosas van a mejorar. Trato de mentalizarme de que viene algo mejor y sigo trabajando acá para que cuando ese momento mejor llegue no me haya quedado atrasado”, comenta Gusmán.
Cree que el sendero a transitar es la educación, un campo minado por salarios poco atractivos, pero con nuevas vacantes a diario por las emigraciones, entre otros elementos. En el caso de su sitio de trabajo, la Universidad del Zulia, el profesorado se ha ido reduciendo progresivamente en los últimos tres años. Entre renuncias, jubilaciones, fallecimientos y suspensiones ha quedado un déficit de 750 profesores para una comunidad que hace rato pasó de 30 mil estudiantes.
Esto ha llevado a este y a otros centros públicos de educación superior a reformar sus políticas de ingreso, reducir la burocracia y ampliar el ingreso docente a través de incentivos, sin obviar las limitaciones financieras.
Con esto buscan aprovechar el bono demográfico existente, ese término que los especialistas usan hasta el cansancio para referirse a la mayor parte de la población que mañana será un contingente en edad laboral pero que hoy son tan solo menores que se han multiplicado por distintos factores (como el alarmante ascenso del embarazo precoz en adolescentes) y desde ya hay que ir creando condiciones de empleos productivos, posibilidades de ahorro y asegurarles recreación y estudio. En resumen, un futuro.
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| Foto: Dave Hernández |
Pese a que no hay ese tipo de garantías, existe un pequeño espacio blanco en todo este gris panorama.
Gusmán tuvo su momento como ayudante académico con una sección de jóvenes de entre 18 y veintitantos años de edad a su cargo, justamente en el instituto que lo albergó como alumno y trabajador.
Por su estatus de graduado con altos honores no tendría que optar bajo esta modalidad porque su entrada -en un contexto inexistente en la actualidad- debería ser en automático bajo formación, pero no le importó.
Él no ve con buenos ojos que un puesto esté disponible tras la salida de otro. Más que oportunidad piensa en una fuga de talento que va a hacer falta en todos los aspectos, y que simplemente quienes se marchan se retiran del juego porque están cansados de vivir mal.
“¿Que tengo mente limitada y que quizás en el futuro me arrepentiré? Asumo el riesgo. Solo sé que no puedo ser tan egoísta, porque de mi mamá no he recibido ni un poquito de egoísmo y a su edad es cuando más puede llegar a necesitarme". ¿Que no me voy porque soy un miedoso? Puede ser, me quedo con mi miedo que no afecta a nadie”, indica tecleando unas cuantas palabras en su bitácora personal.
No descarta irse del país, quizás a México donde le llama la atención el aspecto cultural, aunque condicionando su salida a su progenitora junto a su brazo dentro del avión.
Su lema de vida mientras tanto en la Venezuela después del expresidente Hugo Chávez coincide con la canción del argentino Gustavo Cerati, esa que probablemente muchos tararearían de conocerla: Es mejor quedarse quieto/ pronto saldrá el sol/ y algún daño repondremos/ terco como soy / me quedo aquí.
jueves, 2 de abril de 2015
Publicado por: David Padilla g




















