Francia

Foto sin crédito adjudicado
Un día despertó y sintió que la niñez para él había acabado. Comenzó despejando su escritorio de todo lo que pareciera infantil. Eso incluía sus figuras de colección de Pikachu, Transformers y lo que venía como adjunto de la Cajita Feliz.

Revisó sus libros y se topó con cientos de comics que con tanta disciplina había logrado comprar a sus compañeros de clases gracias a las mesadas y regalos de la abuela.  Prometió venderlos todos en Internet al mejor postor al regresar de su colegio.

Después de un baño vio incluso que la toalla y las sabanas le recordaban a ese infante que no quería ser. Los envolvió juntos y los lanzó al cesto de la ropa sucia. Le dijo a su madre que ya no los quería al tiempo que tomaba en una taza grande un poco de café que estaba hecho desde más temprano.  Le repugnó de entrada y aseguró darse un tiempo para comenzar ese ritual.

Ya fuera de casa el día le pareció más brillante, todo lo veía distinto. Cerró los ojos, sonrió y agradeció al cielo por todo lo que tenía.

En los siguientes días el humor cambió. No comía lo que acostumbraba porque no se conseguía, no podía salir ni al parque por las historias de atracos a vecinos y en la casa se quedaba encerrado sin electricidad, con cortes de hasta cuatro horas una vez al día y siete veces por semana.

Fue en uno de estos periodos sin luz que su prima llegó con un reproductor portátil de DVD. Allí en un episodio especial de una serie de televisión descubrió una bella versión de La Vie en Rose interpretada por una de las protagonistas.

Le cautivó tanto esa melodía que al tener Internet de nuevo buscó con euforia la letra, el significado e incluso otras interpretaciones. Allí llegó a Francia, a su vino, a la torre Eiffel, a los campos elíseos, a la moda y a su gastronomía.

Como pudo añadió la canción en su teléfono inteligente y cada tanto que podía la reproducía una y otra vez, en un eterno bucle que hizo fastidiar a sus compañeros, a su mejor amigo e incluso a sus profesores, quienes hicieron llegar luego la crítica a sus padres.

Su tío abuelo, otrora trotamundos, al escuchar comentarios sobre la situación, le regaló todo lo que había acumulado durante viejos viajes al continente europeo, incluyendo una bandera y un libro descriptivo que le daba referencias y datos del país anhelado, incluso más que Wikipedia.

“Déjenlo en paz”, le decía luego este a los familiares cuando veía que el chamo llegaba con propuestas como hacerse un tatuaje con colores rojo, blanco y azul o que quería aprender el idioma en un instituto de la ciudad.

Ese apoyo le devolvió la sonrisa a su rostro. Agradeció luego los libros, las películas y hasta los ciclos de cine que siempre había ignorado.

Había comprendido que no tenía la edad ni la capacidad para comerse todavía al mundo pero sí una meta: debía pisar Francia. Se olvidaría de los comics, de las figuras de acción, de los apagones y de la falta de comida. Iba a intentarlo, aunque sabía que tendría un largo camino por delante. 

miércoles, 25 de mayo de 2016
Publicado por: David Padilla g

El oasis que rodaba

Foto sin crédito adjudicado
El bus los había dejado en el infierno. La unidad se había accidentado en esa jungla de concreto y el chofer tuvo que bajarlos tempestivamente, sin devolverles el pasaje. Como estaban a media cuadra de donde sabían pasaba otra ruta, a nadie le importó.

El calor era sofocante, un desespero al que se le unía la hora pico, la cantidad de autos que evitaban la marcha estudiantil cercana, las personas que competían por un puesto en el siguiente transporte y el saber que la periodicidad de los buses en esa zona solo era equivalente al paso del cometa Halley por la Tierra. 

Aquel microbús color naranja aparentemente vacío se esperaba más que agua de mayo. Cada uno de los que logró subir conseguía en su entrada música anglo de los años 80 seguido del saludo de un conductor cordial que los acomodaba en una posición estratégica mientras recibía el pasaje. De entrada, en medio del caos, no se creía. 

“Los que son jóvenes me le van cediendo el puesto a los ancianos que van llegando”, indica en un tono firme pero amable. No tiene más de 50 años de edad pero los surcos en la frente son pronunciados dando una apariencia mayor bajo esa inclemente iluminación. Lleva medio brazo fuera de la ventana con una manga hecha de recortes de tela ya descoloridos probablemente por la cantidad de sol que ha atrapado. 

Los parlantes presentaban a Freddy Mercury cantando en Queen cuando estaba en todo su esplendor. Nadie podía conversar porque la música en alto volumen los silenciaba en automático. Las paradas se anunciaban desde este momento a gritos o con golpes al techo. 

“Está bien, le bajo”, masculló ante las críticas. Una señora, de traje conservador, se le acercó para preguntarle por qué tenía música que señaló como mundana. El hombre aprovechó la parada que les había dado el semáforo para mirarla con cara de indignación. 

"Señora, pero si este es Mercury. Sería marico y todo pero es una leyenda, y sigue siendo mejor que escuchar vallenato”, le dijo. Siguieron entre ambos algunas palabras inentendibles para terceros que en apariencia ayudaron a evangelizar a la mujer sobre gustos musicales. 

“Es que si llego a poner reggaetón o música de esa, muy basura, vendo el micro”, comentaba mientras ayudaba a una anciana a bajar la escalinata.  En algún momento alguien interrumpió Africa de Toto para hacerle saber al chofer que debía parar “en la bomba”. El musicalizador andante se molestó y sin dejar el volante apagó el reproductor para indicar que se estaba en un error y que la forma correcta de decir era “estación de servicio”. 

“Es que si nadie se lo corrige, siguen con los errores”, le asegura a otra doña buscando su aceptación.  En el resto del trayecto, las paradas llenas de basuras a las que llegaban alternaban con Spirit in the sky de Norman Greenbaum y Sweet child O Mine de Guns N Roses. Salir de esa rockola era lamentable y no fueron pocos los que se lo hicieron saber al conductor. 

“Bueno, aquí me tienen. Ya saben a dónde subirse”, les comentaba mientras soltaba una sonrisa, subía el volumen y se perdía con ese oasis que rodaba entre todo el fuego en el concreto. 

domingo, 22 de mayo de 2016
Publicado por: David Padilla g

Hasta aquí nos trajo el río

Foto: Rafael Bastidas
El bus daba vueltas por el sector sin conseguir una salida. Era una especie de laberinto de la arquitectura moderna en la provinciana ciudad.  La ruta habitual de ese carcamal amarillo desvencijado había sido bloqueada por una marcha en la entrada de la Ciudad Universitaria y ahora debía improvisar una vía alterna para intentar llegar al otro extremo.

El público era variopinto pero todos tenían en común que se ahogaban con el calor que hacía dentro de ese transporte público. “Esta verga se la llevó quien la trajo. ¡SEGUÍ ESE OTRO BUS QUE ESE VA PAL MISMO LUGAR”, gritaba una señora atareada con varias bolsas en sus piernas mientras intentaba –sin éxito- apartar el calor de su empapado cuerpo agitando su mano como si fuese un abanico.

El conductor lucía nervioso. Sentía que en cualquier momento los estudiantes pudiesen desviar su agenda de protesta hacia el gobierno para enfrascarse contra la unidad que él manejaba.  Los que se mantenían de pie en el pasillo le indicaban qué tanto debía retroceder mientras los que estaban a la orilla de la ventana lanzaban recomendaciones sobre dónde cruzar.

Al final optó por pasar encima de varias aceras y atropellar varias bolsas negras de basura para evitar algunas calles.

Con la mano izquierda daba más vueltas de lo usual a un volante que sobrepasaba el diámetro de su cuerpo (de por sí abultado) mientras que con la derecha hacía los cambios en una complicada y aparatosa palanca que alternaba con dos golpes al tablero para estabilizar la estación de radio sintonizada.  Sonaba un estridente vallenato que en medio de la crisis más de un pasajero tarareaba.

El chofer logró llegar al punto siguiente de su trayecto como si una nave espacial hubiese saltado galaxias en un hoyo negro, con meteoritos, invasiones, marcianos y explosiones de por medio. Se recogía la cascada que bajaba desde su frente mientras intentaba no tocar al otro bus que iba en el carril opuesto. Tanto fue el acercamiento que se encontró de forma cercana con la ventanilla del otro conductor.

Ve que más adelante están atracando”, le advierte su homólogo. Procedió entonces a apiñar aún más a quienes estaban dentro de la unidad para cerrarle  la puerta a esa congestionada avenida que ya entraba en hora pico.

Habían pasado unos diez minutos desde el último cambio del semáforo y ningún vehículo se movía. Algunas mareas después de sudor y unos cuantos lamentos en radio, tocaba el turno de desplazarse, pero nada sucedió. Aquel conductor decidió utilizar las dos manos en la palanca que ahora no reaccionaba y que solo lo hizo para lanzar un crujido que ahogó la canción melancólica que sonaba en aquellas cornetas.

Se llevó el hombre la mano derecha a la cabeza para luego darse cuenta de que la tenía llena de aceite. En uno de esos movimientos extremos, algo pisó que incidió en el motor y había dejado a ese capitán con toda su tripulación varada.

Bueno señores, hasta aquí nos trajo el río. Esto se jodió”, decía a la par de buscar una toalla recortada y sucia para limpiarse la cara.

Lo insultaron e incluso maldijeron pero no devolvió el pasaje. Esperó hasta que el último saliera por ambas puertas para encerrarse. De una compuerta cercana a su asiento sacó una hamaca y la colgó dentro. Decidió sentarse a realizar llamadas con la mayor comodidad posible.


No le importó que estuviese a mitad de la calle o que cada auto que pasara tocara corneta hasta el cansancio. No se molestaría por algo que le pasaba a cada rato y que ya veía como situación ajena a su voluntad. Solo esperaría. 
domingo, 15 de mayo de 2016
Publicado por: David Padilla g

El bachaqueo


Acercó su Mitsubishi Lancer blanco a la parada. Tres chicas, menores de treinta años, con rasgos indígenas y varias bolsas de supermercado, tocaron el vidrio pese a que no era el único taxista en la línea. Se extrañó, pero imaginó la pregunta con la que vendrían. Querían que las llevara, a las nueve de la noche, desde un conocido centro comercial al norte de Maracaibo a El Moján, al otro extremo del estado Zulia. 

Él aceptó. Sabría que con esa carrera ya no tendría que trabajar ni el resto de la noche ni el día siguiente. Se montaron en la parte trasera de aquel auto conversando sobre su día, sobre la pericia de conseguir detergente, arroz, jabón de tocador, harina de trigo y pasta en menos de ocho horas y cómo cada una iba a vender al llegar a su destino con sobreprecio, porque debían recuperar el dinero y el tiempo invertido. 

El taxista, impávido escuchando aquellas declaraciones, se indignó. Le compró a precio justo el término bachaqueros al gobierno nacional que como ellas aprovechaban la ociosidad para adquirir alimentos y revenderlos a la clase media, los únicos que se mantienen en sus jornadas de trabajo y terminan comprando a esta nueva clasificación de venezolanos porque nunca consiguen nada.

A los 25 de los 50 minutos que debía durar en esas condiciones el recorrido, les reveló que la carrera les costaría 6 mil bolívares en vez de los habituales 1500 que ellas aseguraron pagaban en horario regular. Él, dijo tajantemente, también iba a bachaquearles la carrera.  

El trío se estremeció al escuchar los números de boca del hombre de veintitantos años. Golpeaban con la mano el asiento delantero exigiendo pagar la cifra que ellas estimaban. Una de ellas luego demandó que las dejaran justo en el lugar donde estaban: un paradero oscuro a mitad de la nada. 

Él insistió en que no las iba a dejar más que en el centro comercial donde las recogió en lugar de ese sitio sin aceras ni luces cercanas. Ellas maldijeron durante toda la vía de vuelta. Lo amenazaron también con aplicarle técnicas que harían sonrojar hasta al maestro vudú más incorrecto. Él no se inmutó, las dejó en el lugar de partida y les deseó feliz noche, sin cobrarles ningún centavo.  

Allí estuvieron las tres mujeres preguntando a cuanto vehículo pasaba si las podía llevar. Al menos hasta las once de la noche ninguno había aceptado. 

De acuerdo a los vigilantes y al taxista de la historia, las bachaqueras desplegaron sus paquetes y los utilizaron como almohadas en un engramado cercano. Amanecieron allí, se enjuagaron luego la boca con una fuente de agua y continuaron su rutina. Ese día posiblemente se irían más temprano a su hogar, aunque los testigos las identificarían más tarde en nuevas colas del supermercado.  

sábado, 15 de agosto de 2015
Publicado por: David Padilla g

La conversación


Foto propia (2015)
Voy terminando una de las primeras prácticas de la sección de la noche de Taller de Redacción y Estilo Periodístico en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia. La actividad consiste en redactar en viejas computadoras Pentium III (algunos con monitores famosos por allá en 1993), imprimir y retirarse, tras darles una pequeña charla personalizada sobre qué esperar luego. 

Un grupo de estudiantes se queda conversando bajo la excusa de esperar a otros compañeros para marcharse juntos y esquivar así posibles atracos en el camino. Una, con rasgos que una abuela identificaría como “árabe”, me comenta lo difícil que le ha sido no solo asistir a estas clases sino a las de los periodos anteriores. 

Habla con detalles y sin inhibiciones sobre cómo le quedó la misma materia con otra profesora en un horario matutino, de la dificultad de llevarle el paso y de la actitud de ella hacia su aprendiz. Asistió solo a las primeras clases y luego dejo de ir al calcular las notas que llevaba y las que le hacía falta.  

-Y bueno, finalmente me raspó. Uno necesita un profesor como usted, que le explique y entienda bien. 

Le agradezco el halago y le indico que he obviado algunos detalles que un estudiante en una escala universitaria ya debería haber superado (como errores ortográficos y acentuación) aunque reitero la promesa de olvidar esas concesiones en las últimas prácticas porque definitivamente debía ser así.

Ella escucha en silencio y analiza muy bien antes de responder. Piensa cada palabra como si barriera con la mirada el enunciado de un problema en un libro de matemáticas. Sus compañeros se aglutinan a su alrededor esperando su réplica, incluso aquellos a los que esperaban para marcharse. 

Frunce el entrecejo y traga saliva antes de abrir la boca, tocarse el cabello a la altura de las orejas y concluir la conversación con un: “ajá profe, ¿pero al final con la nota que tengo paso? Porque no la quiero volver a ver…”.

Me le quedo mirando y le abro la puerta. Me paro a un lado y le hago el gesto de que siga avanzando. Ya no había nada más que agregar.   

domingo, 9 de agosto de 2015
Publicado por: David Padilla g

La última pasajera

Foto: ElImpulso.com
El área del terminal nacional del aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía, en Caracas, muestra su bullicio habitual de domingo en la noche. Se ven por los extensos pasillos a pasajeros esquivando la pesadez de la espera con música a través de audífonos, con libros doblados para mejor lectura o conversaciones que dejan los pequeños espacios entre las estaciones de carga para teléfonos celulares. 

La puerta de abordaje número 2 se encuentra más abarrotada que en sus días normales. Todo un contingente de pasajeros espera que el vuelo V114 de una aerolínea expropiada por el estado termine de subir a sus interesados para que otra tome su lugar y embarque a más de 60 personas que se cuentan a simple vista deseosos de ir o regresar a Maracaibo.  

Pese a que el extenso grupo comienza a quejarse, no pierde el orden de una fila espontáneamente acomodada para agilizar el ingreso al avión. Entre tantos susurros que lentamente pasan de diálogos a gritos, una voz femenina interrumpe en el altavoz con el anuncio de un nombre en específico que tras su repetición suena a súplica. 

-Se le agradece a la pasajera (nombre y apellido completo acá) presentarse por la puerta de abordaje número 2. Se le agradece a la pasajera (nuevamente, nombre y apellido) presentarse por la puerta de abordaje número 2. ÚLTIMO LLAMADO

La muchedumbre ve a su alrededor y sigue comentando, aunque en cuestión de minutos se despliega como si Moisés hubiese lanzado su vara al suelo del Mar Rojo para separar las aguas. Una chica de unos 25 años, de cabello negro hasta los hombros, chaqueta roja y minifalda de jean, camina entre la multitud arrastrando una pequeña maleta desde una extensión plegable en su mano izquierda.

En la mano derecha aprisiona un irregular plato de cartón donde el dedo pulgar no permite que una jugosa torta de chocolate se desparrame a otras regiones de su ropa. Se acerca con parsimonia al cubículo donde toca identificarse para subir al avión. A pocos metros paraliza su marcha para ir comiendo, a tramos, tan vistoso manjar. 

Así, cada vez que parece llegar al sitio, hace una parada donde estabiliza el equipaje, posiciona su cuchara y se zampa un pedazo de ese esponjoso dulce. 

Después de aquel ritual, se identifica como la persona a la que llaman por parlante. El que la atiende le indica que agradece su asistencia y le hace saber que con ese trozo de torta de chocolate no podía subir al avión, al menos no como lo presentaba.  

Ella, luego de perder parte de su colorido labial consumiendo el postre, comenta indignada que su retraso se debió a su compra y que no iba a subir hasta que lo terminara. Acto seguido, estabiliza nuevamente su maleta y procede a comer bocado a bocado aquel producto adquirido en una tienda del final del pasillo. 

Ante la mirada atónita del lado derecho e izquierdo de ese Mar Rojo, la última pasajera degusta cada centímetro de su pastel hasta que un barrigón del vuelo en espera grita entre dientes en su contra.

-Mirá mardita, termináte eso que quiero irme pa mi casa.

Ante el peculiar llamado, que hace voltear a más de uno, la chica de cuerpo esbelto da un gran mordisco hasta doblar el plato de cartón y agradece, aún con la boca llena, a quien le entrega en su mano el boarding pass de confirmación. 

Se va por el corredor, con el caminar de una miss, mientras que un inmenso público esperaba expectante que los llamaran para llegar a su destino. 
domingo, 2 de agosto de 2015
Publicado por: David Padilla g

La aventura

El gringo (en Flickr)
Llegó domingo.  Entendió finalmente la canción de Ilan Chester en la que asegura que todo comenzó una mañana diferente a todas las que ha visto pasar.  Comprendió que su felicidad no estaba en ese trabajo mal pagado que un día había anhelado ni en las colas del supermercado para comprar dos kilos de harina de trigo a la semana. 

No tenía hijos ni responsabilidades que lo ataran. Solo tenía ese sentimiento vago de patriotismo que una fuerza política había distorsionado a gusto y transformó a semejanza de su corrupción.

Tomó un largo morral de su closet. Metió toda una vida más dos pantalones, tres franelas y respiró profundo. Soltó algunas lágrimas pero sonrió. Sabía que sin importar lo que pasara sería feliz donde su experiencia como ingeniero lo llevara. 

Recibió un beso en la mejilla de su madre, más la señal de la cruz esparcida en su frente. Un fuerte sonido del taxi los separó de ese invaluable abrazo. Mientras el taxista comentaba sobre la inflación, la delincuencia y los resultados del béisbol, él pasaba una a una las fotos en su celular de la despedida que sus amigos le habían hecho la noche anterior.

Se le formaba una sonrisa quebradiza. No podía hacer más nada mientras una música estridente en sus audífonos ahogaba los lamentos del conductor. 

Se chequeó de primero en el aeropuerto. Le tocó esperar un buen rato para que luego le examinaran el alma en busca de drogas. No encontraron más que un simple encendedor de metal que tuvo que botar porque había olvidado sacarlo del equipaje de mano. 

En la cola para el avión deseaba haber tenido fuego para encender un cigarrillo. Le tocó un asiento solitario. Imaginó que era porque nadie tenía dólares para comprar pasaje para irse de Venezuela. Él sí. Los reunió durante un año vendiendo hasta ese preciado anillo que su fallecida abuela le había regalado cuando se graduó de sexto grado. 

Lloró en silencio. En su hogar le enseñaron que los hombres no debían derramar lágrimas y contuvo varias bajo los redondos lentes negros que llevaba. Se consolaba diciendo que su madre no tuvo que vender el apartamento como había jurado que lo haría con tal de que escapara del país y rehiciera su vida fuera, comenzando desde cero. 

Durmió un rato. Despertó con los labios secos, justo en el momento en el que la aeromoza le ofreció un vino o jugo para amenizar tantas horas de vuelo. 

Abrió el protector de la ventanilla y miró hacia el horizonte. Faltaba poco para su destino. Vio el sol caer al tiempo que el avión daba un giro para arribar a la capital del país. 

Miró hacia sus zapatos pensando en todo lo que debía procesar. Ese sentimiento de esperanza, de impotencia, de emoción, se revolvían en el estómago como ropa en la lavadora. 

Cuando el avión tocó la pista y él salió por ese pequeño túnel hacia migración, se sintió lejos de su mundo, de las arepas con queso y crema de leche que puntualmente su madre le entregaba en un plato de peltre por las mañanas, de los gritos de la vecina apurando a su hija para que no la dejara el transporte, del gato que se asomaba por la ventana exigiendo su ración de carne y hasta de los tiroteos que en el sitio de comida rápida ubicado detrás del edificio ocurrían casi todos los fines de semana. 

Se puso nuevamente los audífonos. Logró conseguir una conexión inalámbrica y revisó el celular. En él había un mensaje de su hermano menor donde sus tíos, primos y toda la familia que estaba disponible esperaban que hubiese llegado bien. También le recordaban que lo querían mucho y aunque estuviese a miles de kilómetros de su origen, estaban con él. 

Sonrió. Esta vez como si le contaran un chiste. Respondió en una o dos palabras y apagó el aparato. Sabía que todo andaría bien, sin importar lo que ocurriese, porque nunca estaría solo. Tomó el morral de la banda de entrega y lo ajustó con fuerza a sus hombros. Se enderezó y levantó el mentón. La aventura apenas comenzaba. 

sábado, 18 de julio de 2015
Publicado por: David Padilla g

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