La restricción suena en la gaita al tono del reggaetón
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| Imagen: Másquenoticia.com |
El supermercado en domingo
El domingo del día de los padres es menos caótico que el de las madres. No sé si será por la falta de padres, si la madre asume ambos roles o simplemente porque todo el dinero del año se va en el primer evento.
Lo cierto es que la mañana de esta fecha lucía en algún momento prometedora pensando en que todos estarían en casa viendo algún partido del Mundial de Fútbol junto a la figura paterna.
Apreté el paso nada más para ver cómo perdí la quiniela. Habían llenado los anaqueles con margarina, papel sanitario, leche descremada y leche condensada, rubros más buscados que los propios malandros en este país.
“Dos por persona”, indica en la entrada un empleado. La escasez se evidencia desde el momento en el que toca tomar un carro del mercado: no existen, hay que “zamurearlos”, estar pendiente de que alguien finalice de cargar su compra en la caja para tomar el que dejó.
Tres maldiciones después a la economía y al gobierno, me veo en una cola que atraviesa la totalidad de la gigantesca sede del comercio. “Disculpa, dónde conseguiste eso”, me pregunta una señora por la leche. Le indico el lugar y otras dos personas hacen la misma interrogante.
“Pendiente chamo que aquí te roban las cosas si te descuidas”, dice un señor buscando cruzar en un abarrotado pasillo.
En esas idas y venidas, de revisar lo que faltaba en la compra, dos ancianos italianos, el que iba justo delante y el otro a espaldas de mí, se encuentran. Se miran fijamente. Se abrazan. Lloran.
“35 anios Carmelo, 35 anios”, grita el de atrás. La muchedumbre se armaba porque creían que sacaban algo del depósito pero se robustecía ante este evento.
La gente al final pedía premura y las lágrimas tuvieron que secarse rápidamente. Conversaban entre mercados, conmigo de atravesado, empujando ambos carros hacia adelante cuando la nostalgia apretaba.
El anciano detrás de mí terminó presentando a su esposa y al nieto que recién llegaba (éste, a sus veintitantos, le pedía la bendición juntando las manos como en una plegaria y con el respectivo beso en la mejilla) mientras el que era conocido como Carmelo desplegaba una larga lista de fotografías que llevaba en su billetera.
No le pregunté pero me indicó que la persona que saludaba era como su hermano, que comenzaron al mismo tiempo su negocio en Venezuela al llegar de Italia y le había perdido el contacto hasta hoy, el día del padre en el que había margarina en los anaqueles de aquel supermercado.
Se disculpó conmigo para ir a quitarle el número telefónico. Regresó con un amigo más en su agenda pero también con una preocupación: sólo dejaban sacar dos cajas de cereal por persona y él quería llevarle cuatro a su nieta.
Le quité la cara de angustia al ofrecerle pagarlo con su dinero pero a mi nombre. Me extendió un abrazo de agradecimiento y tras recibir el vuelto de manos de la cajera se despidió más eufórico que como entró.
Miro el reloj. Había pasado hora y media desde mi llegada a buscar un poco de carne y algunas verduras. Me llevaba pollo, leche y otras cosas que creí que no necesitaba, como ver el encuentro fortuito de Carmelo, que en medio de tanta escasez encontró un poquito de felicidad y la compartió con un venezolano.
“Increíble esto”, dije en voz alta mientras pagaba. La cajera levanta las cejas y hace un gesto de resignación: “Más bien agarraste todo tranquilo”.
Visa para un sueño
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| Composición gráfica: El Toque |
Publicado y editado en El Toque, de RNW
Son semanas, meses, de preparación económica, psicológica, física, las que debe hacerse para optar por una visa americana desde Venezuela.
Desde el momento en el que se llena la solicitud vía Web, se paga el arancel de casi un tercio de salario mínimo en el banco y luego se sacrifican diez de los 300 dólares que el gobierno habilita anualmente para gastar por Internet donde comienza todo el enjambre de nervios.
“Si vas solo, tienes que pedir constancia de estudio y de los ingresos mensuales”, decía una de las personas a las que le pasaba sus conocimientos a alguien de veintitantos que iba a hacer por primera vez su solicitud.
Entre esos saberes populares de familiares, amigos y conocidos surge la recomendación de que es más fácil si se va en familia (con papá y mamá o con hijos) y que si lo vas a intentar te asesoran indicando cómo debes llenar la planilla e incluso, te ayudan a forzar cartas de trabajo, de recomendación o de movimientos bancarios.
“No hagas chistes y trata de no hablar más de la cuenta”, le escuché decir a mi jefe más como una bendición que como una sugerencia ante de solicitarla bajo el mismo esquema del que he escrito hasta ahora: sin mucho que me ate a la tierra que me vio nacer pero con un trabajo estable y con unas ganas inmensas de viajar.
Antes de que la embajada de Estados Unidos suspendiera las citas por falta de empleados (debido a la expulsión de algunos por parte del Gobierno venezolano) se conseguía una oportunidad a ser entrevistado de tres a seis meses. Una vez que se reanudó el proceso, en menos de trece días se otorgaba.
Quedé en ese lote, en el que el tiempo se hizo absolutamente corto y en el que el día llegó más temprano de lo esperado.
El día de la cita
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| Foto: Venelogía.com |
No toma ni veinte minutos llegar y más de treinta personas esperan en las afueras del recinto estadounidense. Tenía razón.
Son familias enteras y jóvenes con carpetas y carteras en mano buscando su oportunidad para ingresar al país norteamericano. Como diría Juan Luis Guerra en su canción: buscando visa para un sueño. Camino lentamente para detallar la fauna: mujeres en su mayoría que no pasan o rozan los treinta años y que parecieran todas salidas de un salón de belleza.
Me acerco al final, a una chica en sus veintes con cabello largo, pantalones violeta ajustados, blusa escotada y armada con una carpeta inmensa de color claro. Nos unió la desinformación. Dejó dicho que se llama Renata.
“Voy al matrimonio de una amiga”, comenta como tarjeta de presentación. Indica que es la primera vez que pide la visa después de que se le venciera la que pidió junto a sus padres hace más de una década. Quiere después viajar, conocer el mundo, aunque le preocupa el alza de precios en los boletos aéreos.
“Me dan de bono navideño 30 mil lucas (Bolívares) y un pasaje a Miami está por los 70 mil (…) No sé a dónde vamos a parar”, lo dice con ciertos aires de resignación.
El cardumen de interesados se mueve hacia un primer punto de control. La chica de atención recuerda expresivamente con qué está permitido ingresar a las instalaciones. Muchos despistados salen nuevamente con discos compactos, baterías de celulares e incluso, con computadoras portátiles.
El segundo y tercer control sirve para hacer un chequeo previo de los papeles, escuchar algunas indicaciones y esperar sentados a los siguientes pasos. Allí escucho la historia de una chica que comentaba cómo su primo tuvo que estar dos a tres días acostado frente a la embajada de Irlanda para tramitar sus papeles antes de que cerrara este mismo año.
Otra, agobiada por las inquietudes de su mamá, comentaba a un señor la sorpresa que fue para ella conseguir pañales, detergente y jabón de tocador en Caracas a diferencia de su natal Puerto Ordaz, donde las colas duran horas para comprar y conseguir estos productos regulados.
“Por eso es que los cerros no bajan para sacar a este bendito gobierno”, comenta haciendo alusión a las barriadas caraqueñas.
En menos de veinte minutos se escuchan nuevas instrucciones, se desarman y se arman nuevas filas y se pasa a la siguiente etapa, en apariencia la última.
La vuelta final
Son las ocho de la mañana, hora original de la entrevista y ya estoy sentado junto a un numeroso grupo de personas en sillas metálicas que se agrupan de a seis. Frente a mí se ubica una familia que ocupa todo un pack de asientos. A los tres hijos, todos varones menores de edad, se les nota fastidiados mientras que los padres lucen somnolientos.
A mi lado se ubica un jugador de fútbol que, por lo que comenta, lleva la carpeta de todo el equipo aunque viene a pedir sólo por él.
Un funcionario nos mueve a la fila final frente a las taquillas donde los empleados consulares dan -frente a una muchedumbre esperando a espaldas- la aprobación o el rechazo a la visa.
Aquí se ve parte de la fauna inicial gritando o llorando, intentando justificar en vano. Otros salen rejuvenecidos con una sonrisa y se alejan hacia al trámite posterior. Es en este momento donde se recuerdan todos los consejos, todas las enseñanzas. Resuena la frase “su visa ha sido aprobada”, pese a que en ningún momento se escucha como uno la imagina.
Se acerca mi turno. A mi lado queda la chica de la cola de la mañana, la de los pantalones color violeta y la larga melena. Renata. Se sonríe. Algo nerviosa pronuncia con voz seca: “suerte”. Le devuelvo el gesto.
Antes de mí se ubica el futbolista, que habla al agente consultar con inglés tosco pero fluido. Esto hace que al retirarse el funcionario preguntase si me podía hablar en este idioma.
Le indico, lo mejor que puedo en su lengua natal, que no hay problema. Se sonríe y me dice que lo hará en español. “Era una prueba”, pensé. Al final no escuché la oración que tanto retumbaba en mi cabeza sino que me devolvía mi pasaporte con un papel con la odiada frase “usted ha sido considerado inelegible”.
Pocos viajes al exterior en los últimos años fueron parte de la justificación. Agradecí y di los buenos días. Bajé al área de taxis y allí estaba la familia de las sillas. También les fue mal pero agradecían haber salido de eso. Me los toparía más tarde en un supermercado comprando detergente, haciendo otra cola más, subsistiendo y pensando en el futuro en cualquier lugar donde no rechazaran los productos o las visas.
Tengo 18 años y no sé qué estudiar
A pocos meses de terminar el bachillerato, dos estudiantes cuentan sus experiencias, sus inquietudes y sus temores antes de su paso a la vida universitaria
Publicado originalmente por El Toque, de RNW
Es un día de semana cualquiera. Mediante la línea telefónica, María, de 18 años, estudiante del último año de bachillerato en un colegio privado católico, desnuda su alma o al menos lo intenta. Habla decidida sobre la inseguridad de su futuro.
“Me gustaría estudiar derecho porque me parece una carrera bastante bonita. Me llama la atención. Lo que emplea esta carrera de verdad es algo que me gusta bastante pero desgraciadamente no la voy a estudiar. En Venezuela es muy difícil. Tienes que estudiarla donde quieres crecer, donde tienes que formalizarte y si la estudio acá tendría que hacer un montón de cosas para ejercer en otro país y eso se me complica”.
En su cuenta de Facebook luce como una chica sin rasgos extraordinarios. Destaca su cabello negro largo y sonrisa prominente. En ningún momento de la entrevista se revela si ella forma parte o no de ese grupo de compañeras del mismo centro de estudio que pese a que no saben qué estudiar a futuro, desde hace poco más de un año pagan una cuota mensual para la fiesta y el viaje de graduación ahora a poco menos de tres meses de la fecha.
“El camino más bonito para mi es estudiar en la universidad, prepararse, en otros casos hacer especializaciones para crecer así profesionalmente”, dice. Está clara en que desea continuar estudiando.
Una prueba vocacional le indicó a ella, al igual que a todos los estudiantes del penúltimo año de diversificado del país desde hace menos de quince años, que pertenece a esa parte de la población en el que prefiere carreras universitarias de larga duración que las cortas.
Sus respuestas por teléfono son largas pero concisas. Eso permite revisar mientras las informaciones que se generan ese día: la rectora de la Universidad Central de Venezuela será interpelada en la Asamblea Nacional por presunto caso de corrupción; dos universidades privadas de Maracaibo cerraron por disturbios tras las manifestaciones de sus estudiantes; la principal universidad pública de la misma ciudad amenaza con pararse en apoyo a estos jóvenes además de otros asuntos administrativos.
Pese a no mencionar estos elementos en la entrevista, María señala que le preocupa. Ya se ha enterado de todo esto por Twitter y por un grupo de amigos en Whatsapp.
“Estamos en un país donde es muy difícil ejercer esta carrera porque las leyes no son cumplidas correctamente”, menciona al retomar el tema de por qué no estudia derecho en Venezuela. Menciona cómo sus padres siempre han sido abiertos y le han dado la oportunidad de escoger. Reconoce que han estado preocupados por su indecisión “porque ya debería tener el futuro bastante claro”, pero están abiertos a apoyarla ante cualquier escenario.
“Yo le diría a quien esté como yo a que evaluara todas las oportunidades, uno siempre debe buscar la felicidad de sí mismo y no complacer a nadie más”, añade.
En números
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| Foto sin crédito |
“He ordenado que a todos los estudiantes del país se les entregue una tableta para sus estudios”, llegó a decir el mandatario nacional durante la firma de un acuerdo con la empresa surcoreana Samsung.
Sin embargo, esto ha acarreado problemas como los cupos de ingreso. En la Universidad del Zulia, por ejemplo, esto se ha notado más en medicina, una de las carreras más demandadas junto a derecho y comunicación social.
El centro de educación superior indica que en 2007 ingresaron 1800 estudiantes mientras en 2011 solo 550. La disminución se debe a la falta de presupuesto para reponer personal y a las limitaciones de infraestructura en los salones y hospitales. En resumen hay unos 250 profesores para atender a unos 6 mil estudiantes, cifra que atenta contra una formación de calidad.
Estos números se han visto alterados por la deserción tanto de docentes como de estudiantes tras los eventos del primer trimestre de 2014.
Paola, que tiene 17 años, está casi a punto de graduarse como María y vive en otra entidad del país, sabe muy bien de esta situación. En donde ella reside no hay ninguna opción para continuar con una carrera larga por lo que ha seguido muy bien los acontecimientos para saber si tiene una oportunidad de ingreso.
“Mi profesor de orientación no me ayudó en nada”, exclama. A cinco meses para su graduación, descubrió por una compañera que habían cerrado las inscripciones a todos los procesos en las carreras que pudiesen interesarle. Ese día, según cuenta, tomó el teléfono de su mamá y comenzó a llamar desesperadamente a cuanto familiar tuviese para conseguir información.
“Un primo finalmente me dijo que habían postergado todo por las guarimbas y que creía que podía inscribirme (…) En cualquier momento voy a tener que viajar con mis papeles para averiguar mejor”, indica.
Ella quería originalmente medicina pero con el promedio no estaba segura de conseguirlo. “He escuchado que todavía con 19 ó 20 puntos (la máxima calificación) hay gente que no ha entrado”. Añade diciendo que su aspiración es odontología aunque de no lograrlo intentaría nuevamente el año que viene.
Mira de reojo con cara de insatisfacción y concluye revelando su plan alternativo: “mientras tanto hago un cursito de inglés o algo así”.
Otras opciones
Según el más reciente contrato colectivo para trabajadores de las universidades
públicas de Venezuela, un técnico superior con tres años de estudio pasa a ganar exactamente lo mismo que uno que ha optado por una carrera de cinco o seis años, como una licenciatura.
También la prima de profesionalización para estudios posteriores a los universitarios reconoce por igual a alguien que ha hecho un diplomado de alguien que estudió una maestría. El bono por este concepto es de 100 bolívares de diferencia.
Esto, aunado a los sueldos que se discuten cada dos años, trae consigo que alguien con sueldo mínimo, sin ningún tipo de educación, pase a ganar casi lo mismo que alguien con varios títulos en su haber.
“Ninguno de mis amigos ni mis familiares me ha dicho que debo elegir algo rentable. Tienen muchas expectativas conmigo por las notas que tengo, por el rendimiento que doy”, dice María al planteársele una alternativa específica: un curso de nueve meses de peluquería en una cadena reconocida de Maracaibo con la que puede llegar a ganar en un mes productivo -como diciembre- lo que tardaría en todo un año como empleado universitario.
“¿En serio? Yo como que voy a terminar haciendo eso”, dice entre risas Paola. Ambas concuerdan en que respetan a quienes opten por ese camino pero no lo tomarían porque sus padres le han enseñado en trazar el suyo por las universidades, tal como ellos, pese a que ahora luce como todo un enigma.
Amnistía: la palabra esperada
“Cada sentencia contra un estudiante es un aval a la criminalización de la protesta, por lo que tenemos 11 nuevos presos políticos”, indicó en su cuenta de Facebook, Soto.
“Nosotros planteamos en el diálogo la Amnistía, porque pensamos que era el camino más práctico, pero el gobierno no quiere. En eso nosotros tenemos derecho a buscar el respaldo en la gente”, indicó a la prensa Aveledo, dejando claro el camino.
Antes de las nueve
El reto comenzaba desde muy temprano en Maracaibo.
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| Fotografía: Nathalie Fernández |
- Yo creo que dentro de poco vamos a subastar las carreras. Para como está la situación, para allá es que vamos.
Se disculpa conmigo porque el precio al terminal privado subió de 80 bolívares a 100. Se queja de la falta de repuestos, del precio de los insumos de reposición, del costo de la vida, del dólar y de la ausencia de propuestas de la oposición al gobierno nacional.
-Ve. Fijáte cómo están en esa esquina. Desde la madrugada andan esperando para comprar una batería.
Los automóviles lucían de todo tipo y algunos auxiliaban a otros que se quedaban durante la espera.
A su lamento le siguió el silencio. Al llegar a la estación de bus me despidió como un padre lo haría con su hijo con un viaje de por medio.
-Que Dios y la Chinita te protejan
8.05 am. Varias personas llegan, probablemente de Caracas. Entre el bullicio y el ajetreo de las maletas hago espacio hasta acercarme a la venta de boletos. Una chica de unos treinta y tantos mira el monitor mientras teclea con cierta dificultad por las uñas artificiales color rosa de tres centímetros de largo.
Le hago saber el destino, la fecha y la hora que quiero tras un saludo. Apenas devuelve los buenos días. Sin quitar la vista de la pantalla, acierta con la selección, pasa la tarjeta de débito, coloca el sello y resalta con bolígrafo los datos que no debo obviar.
Cruzo la calle. Una señora de cabello gris, con varias bolsas en sus manos y un pantalón más ajustado de lo que debería me indica que puedo tomar cualquier bus porque todos pasan cerca de mi próximo destino.
-Preguntá de todas maneras, no vaya a ser que terminéis en el coño viejo.
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| Pasarela de Humanidades. Crédito: Noticiaaldía |
Me deja en una pasarela que tardó años en construirse y que hoy poco se usa. Se erige como un verdadero monumento pero poco queda de su idea original. La paso con sigilo, siempre buscando estudiantes con los que pueda compartir el camino.
Apresuro el paso en el campus universitario. Camino en zigzag entre estudiantes que retoman los espacios después de meses de ausencia, entre monte con semanas –quizás meses- sin podar y de vendedores informales ubicados en puntos estratégicos y que hasta mango con adobo tienen en su portafolio de ventas.
Llego algo agitado, con sudor en la frente, al posgrado. Me consigo con una cola de tres personas. Después de mirar a los lados y de ver las caras de resignación lo entiendo. No había nadie en la caja.
8.45 am. Para pedir la constancia de estudio basta con pagar y pedirle a la secretaria docente que firme el documento. El sistema de pago estaba caído al momento de mi llegada y la señora que recibía posteriormente el trámite no había llegado.
-He venido dos veces en menos de un mes a inscribirme y me han peloteado. Lo malo es que yo no soy de aquí.
Otra chica de la cola comparte un comentario similar a diferencia que vive más lejos, o en el coño viejo como diría la señora frente al terminal.
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| Facultad de Humanidades y Educación LUZ. Crédito: LUZ |
La siguiente en el tramo burocrático no ha llegado, pero logro contactar a su asistente. Gracias a ella descubro que la más buscada tiene siempre un collar y un dije con su nombre, como si se tratase de un pastor alemán.
-Es fácil de ubicar gracias a eso.
La secretaría pícaramente se sonríe por la gracia buscando complicidad. La acompaño en el gesto.
Ya estaba sobregirado por 10 minutos de mi hora de entrada. Llegar antes de las nueve de la mañana ya no era posible. Mi meta ahora era salir del recinto universitario y chequear lo más pronto posible en mi sitio de trabajo.
No tardó mucho en llegar una antigua Jeep Wagoneer con ventanas de color oscuro y una corneta que haría temblar a los cargueros en el Lago de Maracaibo. Un hombre casi de mi edad se asoma del carcamal, despliega un chiste al coordinador de las salidas y me invita a montarme.
-Verga chamo, te llevo nada más porque voy a la intendencia (justo diagonal a mi destino).
Me comenta que es recién graduado en informática en un politécnico que “no se paró a diferencia de los sinvergüenzas estos” durante los eventos de febrero y marzo pasado en Venezuela.
En menos de veinte minutos que dura la travesía revela que no está de acuerdo con ninguna posición política en el país y que realmente necesita ver un cambio lejos de las opciones tradicionales.
Antes de dejarme frente al edificio garabatea su número telefónico y su nombre en la parte posterior de un papel publicitario que tenía en el tablero del carro y me lo da.
-Cualquier verga, si necesitáis un taxi aquí estoy.
En la espera del ascensor comentan que en la mañana sacaron leche y galletas de soda en el supermercado de la esquina. Una señora más joven que la otra lamenta no haber llegado a tiempo mientras que la segunda revisa su teléfono.
-Después volvemos a pasar a ver si vuelven a sacar algo.
Subo al piso once. Saludo durante todo mi camino a la máquina chequeadora. El reloj me deja saber que llegué 43 minutos después de las nueve.
Enciendo el computador. Guardo parte del almuerzo en la nevera. Me percato de que la conexión a Internet no despeina de rápido pero funciona. Me relajo. El día comienza.

















