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En Venezuela me quedo (incluye reportaje radial)

Foto: Dave Hernández
A pesar de que hay alrededor de un millón y medio de venezolanos que han salido del país para buscar mejores condiciones de vida, trabajo y estudio, jóvenes menores de treinta años –por una u otra causa- aceptan el reto de seguir y crecer en la tierra de Bolívar.


Gusmán Daboín tiene 26 años. Tuvo que emigrar de su tranquilo y casi olvidado pueblo natal andino para matricularse en comunicación social en la ajetreada y caótica ciudad de Maracaibo. Concluyó no solo con el grado summa cum laude en su carrera sino que consiguió trabajo en la misma casa de estudios que lo vio llegar.

Hoy esa oficina donde ha forjado amistades o ha crecido y acumulado nuevas experiencias se desvanece de a poquito como saco de azúcar en el agua. En menos de un año al menos cinco compañeros se habrán ido del país o están en planes de hacerlo, al igual que casi un millón y medio de venezolanos en los últimos veinte años, según las estadísticas que van acumulando las organizaciones no gubernamentales.

Él no engrosará esa lista. No formará parte de ese cinco por ciento total de emigrantes por una de las razones que, como él, muchos jóvenes identifican: su familia.

"No me quedan dudas de que en otro país tendría mejor calidad de vida. Tampoco me quedan dudas de que en otro país no sería plenamente feliz sabiendo que Cecilia (su mamá) y mis hermanas aquí la están pasando mal. "No sería feliz consiguiendo toda la comida sin hacer colas y con servicios públicos óptimos, pero sin saber cuándo volveré a ver a mi mamá o si la volveré a ver”, comentó a principios de 2015 en una de sus redes sociales.

Quedarse entonces implica vivir con limitaciones, saber exactamente cuándo gastar y en qué no hacerlo. También convivir entre asientos vacíos mientras sucede todo pero, además, aceptando que se abren nuevas oportunidades que en crisis se han resuelto con formación, educando para continuar en el camino.


Reportaje radial elaborado para LUZ Radio
Los nuevos retos

“Tengo esperanza. Me niego a abandonarla. Sé que se está apagando esa lucecita de que las cosas van a mejorar. Trato de mentalizarme de que viene algo mejor y sigo trabajando acá para que cuando ese momento mejor llegue no me haya quedado atrasado”, comenta Gusmán.

Cree que el sendero a transitar es la educación, un campo minado por salarios poco atractivos, pero con nuevas vacantes a diario por las emigraciones, entre otros elementos. En el caso de su sitio de trabajo, la Universidad del Zulia, el profesorado se ha ido reduciendo progresivamente en los últimos tres años. Entre renuncias, jubilaciones, fallecimientos y suspensiones ha quedado un déficit de 750 profesores para una comunidad que hace rato pasó de 30 mil estudiantes.

Esto ha llevado a este y a otros centros públicos de educación superior a reformar sus políticas de ingreso, reducir la burocracia y ampliar el ingreso docente a través de incentivos, sin obviar las limitaciones financieras.

Con esto buscan aprovechar el bono demográfico existente, ese término que los especialistas usan hasta el cansancio para referirse a la mayor parte de la población que mañana será un contingente en edad laboral pero que hoy son tan solo menores que se han multiplicado por distintos factores (como el alarmante ascenso del embarazo precoz en adolescentes) y desde ya hay que ir creando condiciones de empleos productivos, posibilidades de ahorro y asegurarles recreación y estudio. En resumen, un futuro.

Foto: Dave Hernández
Pese a que no hay ese tipo de garantías, existe un pequeño espacio blanco en todo este gris panorama.
Gusmán tuvo su momento como ayudante académico con una sección de jóvenes de entre 18 y veintitantos años de edad a su cargo, justamente en el instituto que lo albergó como alumno y trabajador.

Por su estatus de graduado con altos honores no tendría que optar bajo esta modalidad porque su entrada -en un contexto inexistente en la actualidad- debería ser en automático bajo formación, pero no le importó.

Él no ve con buenos ojos que un puesto esté disponible tras la salida de otro. Más que oportunidad piensa en una fuga de talento que va a hacer falta en todos los aspectos, y que simplemente quienes se marchan se retiran del juego porque están cansados de vivir mal. 

“¿Que tengo mente limitada y que quizás en el futuro me arrepentiré? Asumo el riesgo. Solo sé que no puedo ser tan egoísta, porque de mi mamá no he recibido ni un poquito de egoísmo y a su edad es cuando más puede llegar a necesitarme". ¿Que no me voy porque soy un miedoso? Puede ser, me quedo con mi miedo que no afecta a nadie”, indica tecleando unas cuantas palabras en su bitácora personal.

No descarta irse del país, quizás a México donde le llama la atención el aspecto cultural, aunque condicionando su salida a su progenitora junto a su brazo dentro del avión.

Su lema de vida mientras tanto en la Venezuela después del expresidente Hugo Chávez coincide con la canción del argentino Gustavo Cerati, esa que probablemente muchos tararearían de conocerla: Es mejor quedarse quieto/ pronto saldrá el sol/ y algún daño repondremos/ terco como soy / me quedo aquí.

jueves, 2 de abril de 2015
Publicado por: David Padilla g

El vándalo confeso

Imagen: Bansky
Le pedí a un estudiante universitario, en sus agitados veintidós años, que me contara su vida. Comparto intacta su historia con excepción de algunos datos para resguardar su identidad. Aunque parece cortada al final realmente así la relató: 
viernes, 6 de febrero de 2015
Publicado por: David Padilla g

Washu washu

Foto: Propia (2007)
Comienza la jornada en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia. Son las siete de la mañana y los alumnos se congregan en ese templo que llamamos salón de clases.

Les indico como profesor una actividad en la que increíblemente se quedan todos callados a largos ratos. En uno de esos tantos silencios se escucha de fondo, en las afueras,  a dos jóvenes en el comienzo de sus veinte años. Uno canta -en lo que parece- un horrible vallenato mezclado con reggaetón en inglés.

Los estudiantes lo escuchan y se ríen. Una segunda voz sobresale del pasillo para callarlo.

-Mirá mardito, si vais a cantar en inglés cantáis bello porque lo que andáis gritando es puro washu washu que espanta.
viernes, 16 de enero de 2015
Publicado por: David Padilla g

La clase

Foto: Propia (2007)
 Son más de las siete de la mañana. En un aula donde asumo el papel de profesor intento no dormirme al igual que los quince o dieciséis estudiantes que conforman la clase. Opto por contar parte de mi vida e invitarlos a hacer lo mismo. Entramos en confianza. Algunos salen de un aparente letargo y se desenvuelven con una soltura jamás imaginada.

El turno llega a una chica de tez clara como la leche, alta, con peinado de peluquería y uñas postizas largas que resaltan entre los constantes gestos a los que acompaña sus explicaciones.

-Durante mi primer semestre de la universidad me aburrió una clase y decidí tirar triqui traqui (fuegos artificiales) para que la cancelaran.

Le pido con la mirada que amplíe la información. Realiza una cronología detallada y sincera desde el momento en el que compartió con una compañera por Facebook su aburrimiento, de cuándo decidió buscar el explosivo y llevarlo a la clase, de cómo engañó al profesor para salir y encenderlo y de la posterior asociación que realizó con todo esto al miedo de regresar al aula.

-Y bueno, finalmente cancelaron la clase.

Trato de no expresar ninguna sorpresa pero mi cara me delata. Le regalo una sonrisa y le pregunto: “¿te agrado como profesor?”.

Ella sonríe con picardía.

-Sí profe. A mí me gustan sus clases.

jueves, 6 de noviembre de 2014
Publicado por: David Padilla g

Tengo 18 años y no sé qué estudiar



A pocos meses de terminar el bachillerato, dos estudiantes cuentan sus experiencias, sus inquietudes y sus temores antes de su paso a la vida universitaria

Publicado originalmente por El Toque, de RNW

Es un día de semana cualquiera. Mediante la línea telefónica, María, de 18 años, estudiante del último año de bachillerato en un colegio privado católico, desnuda su alma o al menos lo intenta. Habla decidida sobre la inseguridad de su futuro.

 “Me gustaría estudiar derecho porque me parece una carrera bastante bonita. Me llama la atención. Lo que emplea esta carrera de verdad es algo que me gusta bastante pero desgraciadamente no la voy a estudiar. En Venezuela es muy difícil.  Tienes que estudiarla donde quieres crecer, donde tienes que formalizarte y si la estudio acá tendría que hacer un montón de cosas para ejercer en otro país y eso se me complica”.

En su cuenta de Facebook luce como una chica sin rasgos extraordinarios. Destaca su cabello negro largo y sonrisa prominente. En ningún momento de la entrevista se revela si ella forma parte o no de ese grupo de compañeras  del mismo centro de estudio que pese a que no saben qué estudiar a futuro, desde hace poco más de un año pagan una cuota mensual para la fiesta y el viaje de graduación ahora a poco menos de tres meses de la fecha.

“El camino más bonito para mi es estudiar en la universidad, prepararse, en otros casos hacer especializaciones para crecer así profesionalmente”, dice. Está clara en que desea continuar estudiando.

Una prueba vocacional le indicó a ella, al igual que a todos los estudiantes del penúltimo año de diversificado del país desde hace menos de quince años, que pertenece a esa parte de la población en el que prefiere carreras universitarias de larga duración que las cortas.

Sus respuestas por teléfono son largas pero concisas. Eso permite revisar mientras las informaciones que se generan ese día: la rectora de la Universidad Central de Venezuela será interpelada en la Asamblea Nacional por presunto caso de corrupción; dos universidades privadas de Maracaibo cerraron por disturbios tras las manifestaciones de sus estudiantes; la principal universidad pública de la misma ciudad amenaza con pararse en apoyo a estos jóvenes además de otros asuntos administrativos.

Pese a no mencionar estos elementos en la entrevista, María señala que le preocupa. Ya se ha enterado de todo esto por Twitter  y por un grupo de amigos en Whatsapp.

“Estamos en un país donde es muy difícil ejercer esta carrera porque las leyes no son cumplidas correctamente”, menciona al retomar el tema de por qué no estudia derecho en Venezuela. Menciona cómo sus padres siempre han sido abiertos y le han dado la oportunidad de escoger. Reconoce que han estado preocupados por su indecisión “porque ya debería tener el futuro bastante claro”, pero están abiertos a apoyarla ante cualquier escenario.


“Yo le diría a quien esté como yo a que evaluara todas las oportunidades, uno siempre debe buscar la felicidad de sí mismo y no complacer a nadie más”, añade.

En números

Foto sin crédito
El estado venezolano garantiza la gratuidad de los estudios hasta el cuarto nivel. Es decir, una carrera universitaria o técnica está cubierta, incluso con algunos elementos como equipos de computación prometidos recientemente por el gobierno de Nicolás Maduro.

“He ordenado que a todos los estudiantes del país se les entregue una tableta para sus estudios”, llegó a decir el mandatario nacional durante la firma de un acuerdo con la empresa surcoreana Samsung.

Sin embargo, esto ha acarreado problemas como los cupos de ingreso.  En la Universidad del Zulia, por ejemplo, esto se ha notado más en medicina, una de las carreras más demandadas junto a derecho y comunicación social.

El centro de educación superior indica que en 2007 ingresaron 1800 estudiantes mientras en 2011 solo 550. La disminución se debe a la falta de presupuesto para reponer personal y a las limitaciones de infraestructura en los salones y hospitales. En resumen hay unos 250 profesores para atender a unos 6 mil estudiantes, cifra que atenta contra una formación de calidad.

Estos números se han visto alterados por la deserción tanto de docentes como de estudiantes tras los eventos del primer trimestre de 2014.

Paola, que tiene 17 años, está casi a punto de graduarse como María y vive en otra entidad del país, sabe muy bien de esta situación. En donde ella reside no hay ninguna opción para continuar con una carrera larga por lo que ha seguido muy bien los acontecimientos para saber si tiene una oportunidad de ingreso.

“Mi profesor de orientación no me ayudó en nada”, exclama. A cinco meses para su graduación, descubrió por una compañera que habían cerrado las inscripciones a todos los procesos en las carreras que pudiesen interesarle. Ese día, según cuenta, tomó el teléfono de su mamá y comenzó a llamar desesperadamente a cuanto familiar tuviese para conseguir información.

“Un primo finalmente me dijo que habían postergado todo por las guarimbas y que creía que podía inscribirme (…) En cualquier momento voy a tener que viajar con mis papeles para averiguar mejor”, indica.

Ella quería originalmente medicina pero con el promedio no estaba segura de conseguirlo. “He escuchado que todavía con 19 ó 20 puntos (la máxima calificación) hay gente que no ha entrado”. Añade diciendo que su aspiración es odontología aunque de no lograrlo intentaría nuevamente el año que viene.

Mira de reojo con cara de insatisfacción y concluye revelando su plan alternativo: “mientras tanto hago un cursito de inglés o algo así”.


Otras opciones

Según el más reciente contrato colectivo para trabajadores de las universidades
públicas de Venezuela, un técnico superior con tres años de estudio pasa a ganar exactamente lo mismo que uno que ha optado por una carrera de cinco o seis años, como una licenciatura.

También la prima de profesionalización para estudios posteriores a los universitarios reconoce por igual a alguien que ha hecho un diplomado de alguien que estudió una maestría. El bono por este concepto es de 100 bolívares de diferencia.

Esto, aunado a los sueldos que se discuten cada dos años, trae consigo que alguien con sueldo mínimo, sin ningún tipo de educación, pase a ganar casi lo mismo que alguien con varios títulos en su haber.

“Ninguno de mis amigos ni mis familiares  me ha dicho que debo elegir algo rentable. Tienen muchas expectativas conmigo por las notas que tengo, por el rendimiento que doy”, dice María al planteársele una alternativa específica: un curso de nueve meses de peluquería en una cadena reconocida de Maracaibo con la que puede llegar a ganar en un mes productivo -como diciembre- lo que tardaría en todo un año como empleado universitario.

“¿En serio? Yo como que voy a terminar haciendo eso”, dice entre risas Paola. Ambas concuerdan en que respetan a quienes opten por ese camino pero no lo tomarían porque sus padres le han enseñado en trazar el suyo por las universidades, tal como ellos, pese a que ahora luce como todo un enigma.
lunes, 26 de mayo de 2014
Publicado por: David Padilla g

Cheo, el atrevido

José “Cheo” Gonzalez definitivamente fue un tipo interesante. Nació en 1950 y se graduó en el 73 como periodista de la Universidad del Zulia (LUZ). Falleció hace par de años y de seguro ya nadie habla de él, aunque parte de su historia sigue vigente en algunas dependencias de esta casa de estudio.

Fue uno de los tantos profesores fundadores de la Facultad Experimental de Ciencias así como dirigente gremial, creador de periódicos y Director de información y Relaciones Públicas de LUZ. Es sin embargo su cargo frente al semanario, que hoy se conoce como LUZ Periódico, donde a modo personal resalta su mayor proeza.
Quizás me adelante con tantos baches históricos en el camino. Sus detractores y seguidores se encargarán de corregir el curso del relato. Me remito a retratar a un hombre que se atrevió a publicar en la prensa universitaria algo simple y sencillo pero casi olvidado en estos días en el periodismo tradicional: una crónica. De hecho, no fue una sola sino las suficientes como para publicar el libro De tierras tintas.
lunes, 14 de junio de 2010
Publicado por: David Padilla g

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