El bachaqueo
Acercó su Mitsubishi Lancer blanco a la parada. Tres chicas, menores de treinta años, con rasgos indígenas y varias bolsas de supermercado, tocaron el vidrio pese a que no era el único taxista en la línea. Se extrañó, pero imaginó la pregunta con la que vendrían. Querían que las llevara, a las nueve de la noche, desde un conocido centro comercial al norte de Maracaibo a El Moján, al otro extremo del estado Zulia.
Él aceptó. Sabría que con esa carrera ya no tendría que trabajar ni el resto de la noche ni el día siguiente. Se montaron en la parte trasera de aquel auto conversando sobre su día, sobre la pericia de conseguir detergente, arroz, jabón de tocador, harina de trigo y pasta en menos de ocho horas y cómo cada una iba a vender al llegar a su destino con sobreprecio, porque debían recuperar el dinero y el tiempo invertido.
El taxista, impávido escuchando aquellas declaraciones, se indignó. Le compró a precio justo el término bachaqueros al gobierno nacional que como ellas aprovechaban la ociosidad para adquirir alimentos y revenderlos a la clase media, los únicos que se mantienen en sus jornadas de trabajo y terminan comprando a esta nueva clasificación de venezolanos porque nunca consiguen nada.
A los 25 de los 50 minutos que debía durar en esas condiciones el recorrido, les reveló que la carrera les costaría 6 mil bolívares en vez de los habituales 1500 que ellas aseguraron pagaban en horario regular. Él, dijo tajantemente, también iba a bachaquearles la carrera.
El trío se estremeció al escuchar los números de boca del hombre de veintitantos años. Golpeaban con la mano el asiento delantero exigiendo pagar la cifra que ellas estimaban. Una de ellas luego demandó que las dejaran justo en el lugar donde estaban: un paradero oscuro a mitad de la nada.
Él insistió en que no las iba a dejar más que en el centro comercial donde las recogió en lugar de ese sitio sin aceras ni luces cercanas. Ellas maldijeron durante toda la vía de vuelta. Lo amenazaron también con aplicarle técnicas que harían sonrojar hasta al maestro vudú más incorrecto. Él no se inmutó, las dejó en el lugar de partida y les deseó feliz noche, sin cobrarles ningún centavo.
Allí estuvieron las tres mujeres preguntando a cuanto vehículo pasaba si las podía llevar. Al menos hasta las once de la noche ninguno había aceptado.
De acuerdo a los vigilantes y al taxista de la historia, las bachaqueras desplegaron sus paquetes y los utilizaron como almohadas en un engramado cercano. Amanecieron allí, se enjuagaron luego la boca con una fuente de agua y continuaron su rutina. Ese día posiblemente se irían más temprano a su hogar, aunque los testigos las identificarían más tarde en nuevas colas del supermercado.
La conversación
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| Foto propia (2015) |
Voy terminando una de las primeras prácticas de la sección de la noche de Taller de Redacción y Estilo Periodístico en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia. La actividad consiste en redactar en viejas computadoras Pentium III (algunos con monitores famosos por allá en 1993), imprimir y retirarse, tras darles una pequeña charla personalizada sobre qué esperar luego.
Un grupo de estudiantes se queda conversando bajo la excusa de esperar a otros compañeros para marcharse juntos y esquivar así posibles atracos en el camino. Una, con rasgos que una abuela identificaría como “árabe”, me comenta lo difícil que le ha sido no solo asistir a estas clases sino a las de los periodos anteriores.
Habla con detalles y sin inhibiciones sobre cómo le quedó la misma materia con otra profesora en un horario matutino, de la dificultad de llevarle el paso y de la actitud de ella hacia su aprendiz. Asistió solo a las primeras clases y luego dejo de ir al calcular las notas que llevaba y las que le hacía falta.
-Y bueno, finalmente me raspó. Uno necesita un profesor como usted, que le explique y entienda bien.
Le agradezco el halago y le indico que he obviado algunos detalles que un estudiante en una escala universitaria ya debería haber superado (como errores ortográficos y acentuación) aunque reitero la promesa de olvidar esas concesiones en las últimas prácticas porque definitivamente debía ser así.
Ella escucha en silencio y analiza muy bien antes de responder. Piensa cada palabra como si barriera con la mirada el enunciado de un problema en un libro de matemáticas. Sus compañeros se aglutinan a su alrededor esperando su réplica, incluso aquellos a los que esperaban para marcharse.
Frunce el entrecejo y traga saliva antes de abrir la boca, tocarse el cabello a la altura de las orejas y concluir la conversación con un: “ajá profe, ¿pero al final con la nota que tengo paso? Porque no la quiero volver a ver…”.
Me le quedo mirando y le abro la puerta. Me paro a un lado y le hago el gesto de que siga avanzando. Ya no había nada más que agregar.
domingo, 9 de agosto de 2015
Publicado por: David Padilla g
La última pasajera
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| Foto: ElImpulso.com |
El área del terminal nacional del aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía, en Caracas, muestra su bullicio habitual de domingo en la noche. Se ven por los extensos pasillos a pasajeros esquivando la pesadez de la espera con música a través de audífonos, con libros doblados para mejor lectura o conversaciones que dejan los pequeños espacios entre las estaciones de carga para teléfonos celulares.
La puerta de abordaje número 2 se encuentra más abarrotada que en sus días normales. Todo un contingente de pasajeros espera que el vuelo V114 de una aerolínea expropiada por el estado termine de subir a sus interesados para que otra tome su lugar y embarque a más de 60 personas que se cuentan a simple vista deseosos de ir o regresar a Maracaibo.
Pese a que el extenso grupo comienza a quejarse, no pierde el orden de una fila espontáneamente acomodada para agilizar el ingreso al avión. Entre tantos susurros que lentamente pasan de diálogos a gritos, una voz femenina interrumpe en el altavoz con el anuncio de un nombre en específico que tras su repetición suena a súplica.
-Se le agradece a la pasajera (nombre y apellido completo acá) presentarse por la puerta de abordaje número 2. Se le agradece a la pasajera (nuevamente, nombre y apellido) presentarse por la puerta de abordaje número 2. ÚLTIMO LLAMADO
La muchedumbre ve a su alrededor y sigue comentando, aunque en cuestión de minutos se despliega como si Moisés hubiese lanzado su vara al suelo del Mar Rojo para separar las aguas. Una chica de unos 25 años, de cabello negro hasta los hombros, chaqueta roja y minifalda de jean, camina entre la multitud arrastrando una pequeña maleta desde una extensión plegable en su mano izquierda.
En la mano derecha aprisiona un irregular plato de cartón donde el dedo pulgar no permite que una jugosa torta de chocolate se desparrame a otras regiones de su ropa. Se acerca con parsimonia al cubículo donde toca identificarse para subir al avión. A pocos metros paraliza su marcha para ir comiendo, a tramos, tan vistoso manjar.
Así, cada vez que parece llegar al sitio, hace una parada donde estabiliza el equipaje, posiciona su cuchara y se zampa un pedazo de ese esponjoso dulce.
Después de aquel ritual, se identifica como la persona a la que llaman por parlante. El que la atiende le indica que agradece su asistencia y le hace saber que con ese trozo de torta de chocolate no podía subir al avión, al menos no como lo presentaba.
Ella, luego de perder parte de su colorido labial consumiendo el postre, comenta indignada que su retraso se debió a su compra y que no iba a subir hasta que lo terminara. Acto seguido, estabiliza nuevamente su maleta y procede a comer bocado a bocado aquel producto adquirido en una tienda del final del pasillo.
Ante la mirada atónita del lado derecho e izquierdo de ese Mar Rojo, la última pasajera degusta cada centímetro de su pastel hasta que un barrigón del vuelo en espera grita entre dientes en su contra.
-Mirá mardita, termináte eso que quiero irme pa mi casa.
Ante el peculiar llamado, que hace voltear a más de uno, la chica de cuerpo esbelto da un gran mordisco hasta doblar el plato de cartón y agradece, aún con la boca llena, a quien le entrega en su mano el boarding pass de confirmación.
Se va por el corredor, con el caminar de una miss, mientras que un inmenso público esperaba expectante que los llamaran para llegar a su destino.
La aventura
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| El gringo (en Flickr) |
Llegó domingo. Entendió finalmente la canción de Ilan Chester en la que asegura que todo comenzó una mañana diferente a todas las que ha visto pasar. Comprendió que su felicidad no estaba en ese trabajo mal pagado que un día había anhelado ni en las colas del supermercado para comprar dos kilos de harina de trigo a la semana.
No tenía hijos ni responsabilidades que lo ataran. Solo tenía ese sentimiento vago de patriotismo que una fuerza política había distorsionado a gusto y transformó a semejanza de su corrupción.
Tomó un largo morral de su closet. Metió toda una vida más dos pantalones, tres franelas y respiró profundo. Soltó algunas lágrimas pero sonrió. Sabía que sin importar lo que pasara sería feliz donde su experiencia como ingeniero lo llevara.
Recibió un beso en la mejilla de su madre, más la señal de la cruz esparcida en su frente. Un fuerte sonido del taxi los separó de ese invaluable abrazo. Mientras el taxista comentaba sobre la inflación, la delincuencia y los resultados del béisbol, él pasaba una a una las fotos en su celular de la despedida que sus amigos le habían hecho la noche anterior.
Se le formaba una sonrisa quebradiza. No podía hacer más nada mientras una música estridente en sus audífonos ahogaba los lamentos del conductor.
Se chequeó de primero en el aeropuerto. Le tocó esperar un buen rato para que luego le examinaran el alma en busca de drogas. No encontraron más que un simple encendedor de metal que tuvo que botar porque había olvidado sacarlo del equipaje de mano.
En la cola para el avión deseaba haber tenido fuego para encender un cigarrillo. Le tocó un asiento solitario. Imaginó que era porque nadie tenía dólares para comprar pasaje para irse de Venezuela. Él sí. Los reunió durante un año vendiendo hasta ese preciado anillo que su fallecida abuela le había regalado cuando se graduó de sexto grado.
Lloró en silencio. En su hogar le enseñaron que los hombres no debían derramar lágrimas y contuvo varias bajo los redondos lentes negros que llevaba. Se consolaba diciendo que su madre no tuvo que vender el apartamento como había jurado que lo haría con tal de que escapara del país y rehiciera su vida fuera, comenzando desde cero.
Durmió un rato. Despertó con los labios secos, justo en el momento en el que la aeromoza le ofreció un vino o jugo para amenizar tantas horas de vuelo.
Abrió el protector de la ventanilla y miró hacia el horizonte. Faltaba poco para su destino. Vio el sol caer al tiempo que el avión daba un giro para arribar a la capital del país.
Miró hacia sus zapatos pensando en todo lo que debía procesar. Ese sentimiento de esperanza, de impotencia, de emoción, se revolvían en el estómago como ropa en la lavadora.
Cuando el avión tocó la pista y él salió por ese pequeño túnel hacia migración, se sintió lejos de su mundo, de las arepas con queso y crema de leche que puntualmente su madre le entregaba en un plato de peltre por las mañanas, de los gritos de la vecina apurando a su hija para que no la dejara el transporte, del gato que se asomaba por la ventana exigiendo su ración de carne y hasta de los tiroteos que en el sitio de comida rápida ubicado detrás del edificio ocurrían casi todos los fines de semana.
Se puso nuevamente los audífonos. Logró conseguir una conexión inalámbrica y revisó el celular. En él había un mensaje de su hermano menor donde sus tíos, primos y toda la familia que estaba disponible esperaban que hubiese llegado bien. También le recordaban que lo querían mucho y aunque estuviese a miles de kilómetros de su origen, estaban con él.
Sonrió. Esta vez como si le contaran un chiste. Respondió en una o dos palabras y apagó el aparato. Sabía que todo andaría bien, sin importar lo que ocurriese, porque nunca estaría solo. Tomó el morral de la banda de entrega y lo ajustó con fuerza a sus hombros. Se enderezó y levantó el mentón. La aventura apenas comenzaba.
El cumpleaños
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| Sin créditos originales |
Me monté en el taxi. Era colectivo porque pese a que tenemos la gasolina más económica del mundo, la falta de repuestos y la desaparición progresiva de alternativas sigue dando lugar a esta modalidad de traslado grupal en Venezuela...al menos por esta zona del país.
En la parte trasera estaban tres chicas, entre 19 y 20 años, que criticaban que hubiesen podido hacer más. Una de ellas, en apariencia la más joven, fue engañada por el “bastardo e inconsciente” de su novio o “peor es nada” como más tarde lo identificaría. Habían decidido pasar de sus clases de la universidad al cine para olvidar ese engaño gracias a las actuaciones de Colin Firth y Taron Egerton en la genial Kingsman.
La engañada se dirigía al norte y las otras dos al sur de Maracaibo mientras yo quedaba en el intermedio, escuchando cada llamada del idiota que nunca supo esconder el condón usado y que pese a sus objeciones no tuvo el placer de escuchar el cachondeo del taxista de esa noche.
Hubo lloriqueo, conversaciones que en algún momento debieron ser íntimas mientras el interminable semáforo marcaba en cuenta regresiva uno desde sesenta. “¿Tu casa tiene tres bolsas negras al frente? ¡Qué molleja de referencia!”, decía la más conversadora mientras me dejaban. Habíamos ubicado a la afectada pero las incitadoras del evento se encontraban todavía en ese Hyundai Accent año 2001 hasta que las posicionaran en un único sitio al otro lado de la capital zuliana.
Por lo que entendí, hubo sexo de por medio y no precisamente entre las involucradas. Una tarjeta de presentación rozó en mi regazo pero recordé que podría haber sido de una de mis estudiantes en LUZ, de las que copian y pegan para los trabajos finales o que se quejan porque no llego a los treinta años como para darles clases. Fue a parar al conductor quien la guardó sin pudor en su bolsillo de la camisa, esa que se ubica al lado del pezón izquierdo.
Llegué a mi casa asegurando que también era mi cumpleaños. Ese 27 de abril recibí más abrazos de los esperados justamente de ese taxi. Recordé como en años anteriores ignoré las leyes de un condominio por dejar estacionar a amigos en lugar donde no podían hacerlo, permitir beber a otros en un sitio donde mi tía pagaría más tarde un tercio de un salario mínimo o donde otros harían fiesta para celebrar una edad que no me correspondía.
Me recordó a aquellas tardes que disfruté de alcohol que ya no se consigue y que si lo hay ya no se puede pagar. De las reuniones que patrocinaba porque ganaba en Bolívares y que hoy sinceramente no podría costear a menos que percibiera en dólares. De esas conexiones que a través de textos como estos podía hacer y que hoy, debido a la escasez de alimentos y del tiempo que me exige, ya no puedo redactar.
Esa noche me despedí agradecido. No muchos habían recordado el onomástico. Entendí que quienes lo hacen son los que verdaderamente vale la pena recordar en el tiempo porque saben usar Facebook o me tienen bien anotado en su agenda.
No hubo más despedidas en aquel vehículo. Había más fiesta de la que yo quería allí. El taxista agradeció el gesto y me dejó. Para él la noche apenas comenzaba.
Día del libro 2015: cuatro recomendaciones
Se celebra cada 23 de abril desde 1995. El día del libro es la excusa perfecta para regalar una publicación que nos guste o que simplemente nos haya marcado. En Venezuela tenemos varias limitantes: un libro nuevo cuesta en promedio un 25% de un salario mínimo, aunque si es el autor de moda el precio puede llegar hasta 50%.
La burocracia gubernamental hace de las suyas y para editar nuevos textos desde el país habría que pasar por una serie de trabas donde sale mejor importarlos, aunque esto tampoco se puede hacer por la falta de divisas.
Por eso se aplaude cualquier iniciativa donde se hagan trueques mediante bancos de libros o esas mega-ofertas en las que eventualmente se pueden ubicar en los mesones excelentes títulos de no tan reciente data en algunas librerías de Maracaibo.
Ante nuestra (auto) exclusión de un mercado global, me permito hacer unas concesiones gracias a Internet bajo la aclaratoria de que sigo sin apoyar la piratería pero estoy de acuerdo en la difusión del conocimiento. Espero que al menos con las recomendaciones que hago entiendan la diatriba:
- 1Q84 -Haruki Murakami: Es hasta ahora lo más ambicioso del autor japonés, pensado en tres volúmenes. Mantiene el estilo de alternar historias en apariencia sin ninguna relación pero que poco a poco va hilando de manera magistral.
Sinopsis
En japonés, la letra q y el número 9 son homófonos, los dos se pronuncian kyu, de manera que 1Q84 es, sin serlo, 1984, una fecha de ecos orwellianos. Esa variación en la grafía refleja la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes de esta novela, que es, también sin serlo, el Japón de 1984. En ese mundo en apariencia normal y reconocible se mueven Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos rondan los treinta años, ambos llevan vidas solitarias y ambos perciben a su modo leves desajustes en su entorno, que los conducirán de manera inexorable a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen: la bella Aomame es una asesina; el anodino Tengo, un aspirante a novelista al que su editor ha encargado un trabajo relacionado con La crisálida del aire, una enigmática obra dictada por una esquiva adolescente. Y, como telón de fondo de la historia, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el narrador escarba con precisión orwelliana.
- Ébano - Ryszard Kapuściński: El maestro Kapuściński es todo un storyteller pero también un trotamundo, un redactor de poesías y de textos periodísticos que enlaza a través de increíbles relatos. No se puede hacer una presentación de su libro porque hasta ese punto él lo pensaba con bastante antelación.
Sinopsis
He vivido unos cuantos años en África. Fui allí por primera vez en 1957. Luego, a lo largo de cuarenta años, he vuelto cada vez que se presentaba la ocasión. Viajé mucho. Siempre he evitado las rutas oficiales, los palacios, las figuras importantes, la gran política. Todo lo contrario: prefería subirme a camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical. Su vida es un martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos. De manera que éste no es un libro sobre África, sino sobre algunas personas de allí, sobre mis encuentros con ellas y el tiempo que pasamos juntos. Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Sólo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos «África». En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe.
- Biografía de Steve Jobs - Walter Isaacson: La mente creativa de lo que hoy es Apple se desarma en esta publicación. No se vende como un Dios sino como el humano creativo, pedante y explosivo que supo manipular su entorno pero también cambiar paradigmas en todos los ámbitos posibles. No hay punto medio al hablar de Steve Jobs: o se ama o se odia. Esta biografia, presentada de manera magistral por Isaacson, ayuda a delinear ese terreno.
Sinopsis
La muerte de Steve Jobs ha conmocionado al mundo. Tras entrevistarlo en más de cuarenta ocasiones en los últimos dos años, además de a un centenar de personas de su entorno, familiares, amigos, adversarios y colegas, Walter Isaacson nos presenta la única biografía escrita con la colaboración de Jobs, el retrato definitivo de uno de los iconos indiscutibles de nuestro tiempo, la crónica de la agitada vida y abrasiva personalidad del genio cuya creatividad, energía y afán de perfeccionismo revolucionaron seis industrias: la informática, el cine de animación, la música, la telefonía, las tabletas y la edición digital. Consciente de que la mejor manera de crear valor en el siglo XXI es conectar la creatividad con la tecnología, Jobs fundó una empresa en la que impresionantes saltos de la imaginación van de la mano de asombrosos logros tecnológicos.
Aunque Jobs colaboró en el libro, no pidió ningún control sobre el contenido, ni siquiera ejerció el derecho a leerlo antes de su publicación. No rehuyó ningún tema y animó a la gente que conocía a hablar con franqueza. «He hecho muchas cosas de las que no me siento orgulloso, como dejar a mi novia embarazada a los veintitrés años y cómo me comporté entonces, pero no hay ningún cadáver en mi armario que no pueda salir a la luz»
- Crónica de una muerte anunciada - Gabriel García Márquez: del autor colombiano es difícil elegir una obra. Me quedo en esta oportunidad con esta simplemente por la manera en la que juega en los tiempos sin perder el estilo que lo caracteriza.
Sinopsis
En un pequeño y aislado pueblo en la costa del Caribe, se casan Bayardo San Román, un hombre rico y recién llegado, y Ángela Vicario. Al celebrar su boda, los recién casados se van a su nueva casa, y allí Bayardo descubre que su esposa no es virgen. Cuando lo descubre, devuelve a Ángela Vicario a la casa de sus padres, donde su madre la muele a golpes. Ángela culpa a Santiago Nasar, un vecino del pueblo.
Los hermanos Vicario –Pedro y Pablo–, obligados por la defensa del honor familiar, anuncian a la mayoría del pueblo que matarían a Santiago Nasar. Nasar no se entera, sino minutos antes de morir. Los hermanos matan a Santiago, después de pensarlo en varias ocasiones, en la puerta de su casa, a la vista de la gente que no hizo o no pudo hacer nada para evitarlo. A los 27 años, un amigo de Santiago (el narrador) reconstruye los hechos de los que él fue testigo.
Años después, Ángela Vicario estaría escribiendo cada día a Bayardo, primero formalmente, después con cartas de joven enamorada y, al final, fingiendo enfermedades. Así, Bayardo vuelve 17 años después, claramente desmejorado y con todas las cartas sin abrir.
Venezuela a través de mi blog
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| Foto: pressmaster |
En tiempos de hegemonía comunicacional de estado, en Venezuela los blogs siguen abriéndose como pequeñas ventanas en el país, no solo para informar sino para crear consciencia ciudadana a través de diferentes temáticas.
Es mediodía de un fin de semana cualquiera en la Venezuela post-Hugo Chávez. Mientras los temas en Trending Topics en Twitter siguen siendo aquellos donde el gobierno ha establecido pautas contra el imperialismo, la “derecha fascista” y cualquier otro tópico ajeno al día a día, la agenda informativa de dos chicas de Maracaibo se orienta, a través de su blog, por temas que creen más prioritarios.
“Consideramos hablar acerca de arquitectura, arte, diseño y cultura, porque son aspectos necesarios de cultivarse en nuestro país. El mejor paso para empezar es pensando en los jóvenes como público y al mismo tiempo llevar nuestra opinión en voz alta. Aunque a veces tratamos ideas complejas y desconocidas, nos aventuramos con nuestros lectores”, comentan las blogueras a través de una estructurada entrevista vía correo electrónico.
Son Fabiana Parra y Andrea González. Ambas son arquitectas y no superan los 25 años de edad. Pese a las ideas de personas mayores que pudieran decirles que Venezuela se ha convertido en ese pueblo rural del país del que hay que salir para crecer, ellas tienen claro su objetivo de expandir su bitácora en Internet e incluso se preparan para ello cursando un posgrado.
Piensan que su aporte a esta nación lo realizan en su espacio en la Web fomentando la expresión.
“Creemos que el motivo inconsciente siempre será destacar el talento venezolano en cualquiera de sus ámbitos, ser un medio de información alterno a los tradicionales que ya conocemos, eso acompañado con las voces de las personas que nos caracterizan: proactivas, creativas y siempre con algo que decir”, aseguran.
En un país de alta polarización política, dónde los radicales acusan a los medios de autocensurarse, ellas creen que debe existir un punto intermedio para expresarse y buscan aplicarlo en cada entrada. “Aprovechamos nuestras diferencias –señalan- para hacerlas evidentes en nuestro blog. Diferimos hasta en la manera de escribir, lo que hace que el blog sea más de nosotras”.
Blog como reto
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| Sin crédito |
No hay una cifra oficial de cuántos blogs existen en Venezuela ni de los que han prosperado en los últimos quince o dieciséis años. Muchos se han desvanecido en redes sociales como Twitter, herramienta que ha pasado a ser de importancia para el venezolano de a pie por la facilidad de redacción (similar a un mensaje de texto), la inmediatez del reporte a través de redes y por ser la válvula de escape directa ante la falta de informaciones en medios tradicionales.
Por eso las bitácoras lo tienen difícil a la hora de competir. Fabiana y Andrea lo ven muy claro y utilizan herramientas visuales para atrapar a sus lectores e incentivarlos a que reaccionen con el mismo impacto de un tuit o un mensaje en Facebook.
Comenzaron en 2013 en ese camino. La necesidad surgió de ambas para expresar su opinión y compartir vivencias para otras personas. Era un desahogo, como bien lo mencionan, pero también una manera de retribuir experiencias que pudiesen servir a aquellos que decidieron transitar por su misma vía.
“Como nosotras, el blog ha pasado por distintos procesos de transformación: desde estudiantes a tesistas y luego a profesionales. Nos encanta que eso se demuestre fácilmente en el nivel de contenido que queremos alcanzar, pero para ello hay que trabajar todos los días. Queremos continuar porque simplemente es un proceso que nos hace feliz, nos saca de la rutina de nuestros trabajos y nos mantiene creando, haciéndonos preguntas”, comentan.
Creen que el futuro de ambas es el futuro del blog pero entienden que el siguiente paso es salir de la red y entrar en una etapa de realización de talleres, elemento de ciudadanía donde puedan incluir a más personas con la visión de hacer cultura.
En sus declaraciones hay implícita una mentalidad de que hay que limpiar primero la casa si se quiere cambiar al mundo. Por esa razón piden primero que se realicen preguntas sobre cómo está el entorno principal, el que viven día a día: las ciudades.
"La respuesta a eso es generalmente frustrante porque toma tiempo. Es un proceso muy lento que necesita paciencia. Es imposible pretender que de la noche a la mañana las personas hagan algo bueno todos los días (…) la gente necesita cultura para aprender a querer la ciudad".
"No solo ver lo negativo, sino lo bueno que aún se está haciendo a pesar de eso", indican dejando claro que desde un blog o unas pequeñas líneas podrían afectar la perspectiva de otra persona y así, poco a poco, comenzar el cambio que se anhela para Venezuela.











