La clase

Foto: Propia (2007)
 Son más de las siete de la mañana. En un aula donde asumo el papel de profesor intento no dormirme al igual que los quince o dieciséis estudiantes que conforman la clase. Opto por contar parte de mi vida e invitarlos a hacer lo mismo. Entramos en confianza. Algunos salen de un aparente letargo y se desenvuelven con una soltura jamás imaginada.

El turno llega a una chica de tez clara como la leche, alta, con peinado de peluquería y uñas postizas largas que resaltan entre los constantes gestos a los que acompaña sus explicaciones.

-Durante mi primer semestre de la universidad me aburrió una clase y decidí tirar triqui traqui (fuegos artificiales) para que la cancelaran.

Le pido con la mirada que amplíe la información. Realiza una cronología detallada y sincera desde el momento en el que compartió con una compañera por Facebook su aburrimiento, de cuándo decidió buscar el explosivo y llevarlo a la clase, de cómo engañó al profesor para salir y encenderlo y de la posterior asociación que realizó con todo esto al miedo de regresar al aula.

-Y bueno, finalmente cancelaron la clase.

Trato de no expresar ninguna sorpresa pero mi cara me delata. Le regalo una sonrisa y le pregunto: “¿te agrado como profesor?”.

Ella sonríe con picardía.

-Sí profe. A mí me gustan sus clases.

jueves, 6 de noviembre de 2014
Publicado por: David Padilla g

Tus medicamentos en mi Twitter

Foto: Reporters
Sus ojos se abrieron tempestivamente mientras estaba en su cama. Ese dolor atenuado que había estado ignorando en su pecho por semanas le pasó factura de golpe, aquella madrugada. Toda la familia se activó entonces para llevar a esta señora de cincuenta y tantos atardeceres hasta la emergencia de una clínica que su seguro podía cubrir.


Después de pasar el susto vinieron las explicaciones: aquel medicamento que tenía que tomar tres veces al día lo había reducido, sin comentarlo a su médico tratante,  a una dosis en la mañana o antes de dormir porque no se conseguía y no tenía sustitutos.  

Fue este el momento en el que Desyree, su hija de 22 años, comenta que despertó en la realidad venezolana. “Me puse a buscar con mi primo la medicina en toda Maracaibo. Él después ni apagaba el carro porque medio nos asomábamos y ya nos decían que eso tenía rato sin venir”, comenta. 

Allí comenzó su travesía. Descargó en su teléfono inteligente varias aplicaciones de farmacias para chequear día a día la disponibilidad del producto a la par de que preguntaba a amigos o compañeros de estudio en la universidad.

“Todos entendieron mi desespero y se ofrecían incluso a gestionar trámites para ir a Colombia para comprar allá pero realmente no tenía el dinero”. Entre tanto recorrido, fue alguien en una cola que le sugirió que escribiera en Twitter específicamente el medicamento que necesitara utilizando el hashtag o etiqueta #DonaTusMedicamentos.

Tuiteó varias veces, noches y días. Perdía las esperanzas hasta que alguien finalmente le respondió. “Me dijo que la siguiera para enviarme un DM (mensaje directo) y me explicó que tenía varias cajas disponibles”, recuerda. La donación venía de una señora que se iba junto a su familia del país y que definitivamente no quería que se perdiera aquel fármaco.

Asegura que “fue todo un rollo que me lo pudiese enviar desde Valencia (al centro del país)”, porque los servicios de encomienda no aceptaban ese tipo de mercancía. “Tuvo que meterlo en un paquete con varios vasos, superpesadísima la vaina  (…) al final nos dieron tres o cuatro meses de pastillas y mi mamá pudo tomárselas como debía ser, tres veces al día”.

HASHTAG SOLIDARIO 

Después del tempestivo despertar que tuvo su mamá, Desyree siguió buscando el medicamento porque sabía que en algún momento esos tres o cuatro meses que literalmente le habían dado de vida a su mamá se terminarían.

“Yo nada más pensaba en cuando se acabaran pero sabía que un favor se paga con favor”. Dentro de esta realidad, decidió pasar de la banca al juego dentro del panorama venezolano. 

“Fui viendo que había mucha gente pidiendo medicamentos que mi mamá o mis tíos ya no usaban y que podía ayudarlos”, indica al tiempo que revela su estrategia para entonces: donar y averiguar quién más tenía lo que ella necesitaba.

La respuesta fue de gente agradecida que devolvió el gesto ubicando a quienes tenían las pastillas requeridas. “Fue allí que supe de personas que se dedican a ubicar medicinas, tomarles fotos y colocarles la etiqueta #DonaTusMedicamentos de los que simplemente no tienen Twitter”, comenta. 

Descubrió también que dos personas estudiaban dentro de su universidad y los citó. “Me comentaron casos increíbles como el de un señor que pagó el pasaje de bus para que le llevara la medicina a su apartamento en Barquisimeto y allá brindó hasta una caja de cerveza para dar las gracias”, dice entre risas. 

Desde ese momento mantuvieron contacto vía celular y se adjuntaron a un grupo de WhatsApp de unas quince personas donde se ponen de acuerdo, con pautas semanales o mensuales, sobre cómo ubicar a la gente, pedirles fármacos delicados, poco comunes o con “nombres extraños”, revisarles la fecha de caducidad y buscar a quienes lo necesitan. 

“Ha sido un trabajo de hormiguita –refiere- porque la gente te mira como raro si le pides pastillas o medicamentos así, pero cuando les explicas entienden la razón y se solidarizan”. 

Desyree asegura que muchas veces no ha hecho falta llevar la información a la Web sino evangelizar en el mundo digital. “Hay muchos que tienen Twitter pero no saben de la etiqueta (…) yo les explico, les digo a quién mencionar o cómo publicar y aunque no se los mencione, les pido el usuario para después revisar si tuitearon y hacerles retweet”.

No cree en llevar su acción a más allá de lo que hace. Quiere seguir conectando personas solidarias con las necesidades pero sobre todo, que nadie más pase por el susto que pasó con su mamá, aquella noche en la que abrió tempestivamente los ojos en su cama. “No se lo deseo a nadie”, resume sin perder la sonrisa. 

sábado, 18 de octubre de 2014
Publicado por: David Padilla g

El objeto de deseo

Foto: Álvaro Fernández
Son las dos, casi tres, de la tarde. En un local de comida rápida espero sentado justo frente al mostrador. La chica toma los pedidos, los clasifica, los envuelve y los entrega con la mayor parsimonia posible. El punto de mayor expectación es quizás cuando toma la factura y recita por micrófono el nombre del cliente.

Entre tantos asistentes al rincón de su sitio de trabajo, se asoma un hombre en sus treinta y tantos, alto, de camisa de rayas, con prominente barriga, conversando efusivamente a través de un teléfono celular de última generación.

Sin despegar el oído del aparato, escucha su llamado en el altoparlante. Se acerca, sin aún colgar, y con una mirada y extendiendo el ticket de caja confirma que es su orden la que se encuentra sobre la bandeja en el mostrador.

Cuando finalmente toma la comida, se desprende de aquella maravilla tecnológica y la deja justo sobre el frío y grasiento muro de mármol que ha visto pasar tantas arepas y patacones. Allí queda. El hombre agradece y se retira sin percatarse de que ha dejado el teléfono botado.

Le llamo la atención pero me ignora. Se sienta y engulle con el mayor desespero un pan con abundante pernil y queso. Me levanto, con el fastidio de como si me estuviesen botando de una mesa que van a limpiar, tomo el Smartphone y se lo llevo hasta donde está.

“Grrrcias pnnna”, le llegué a entender mientras estiraba los antebrazos para recibir el equipo, aparentemente para no ensuciarlo con las manos llenas de salsa y especias.

Vuelvo a mi silla. Justo en la misma línea, en la espera a que la chica mencione el nombre, se encuentra una señora de unos cincuenta años, pelo canoso y de piel trigueña. Me mira incrédula. Estira su mano y me toca el hombro.

-Señor, usted que es honrado pero siendo yo me quedo con el teléfono.

Le sonrío, entre la incomodidad del comentario, dando apoyo a su propuesta. No he terminado de colocar los labios en su posición original cuando un caballero en sus veintitantos termina de botar en la papelera el contenido de su bandeja y se me acerca.

-¡Chaamo, te hubieses quedado con su iPhone para que no sea tan pendejo!

Afortunadamente no me da oportunidad de responderle. Escucho que me llaman y me levanto con rapidez. Extiendo mi factura y la chica pro-lentitud me regala una sonrisa obligada, como la que le di a la señora con su consejo.

Le agradezco y tomo mi paquete. Antes de marcharme echo una mirada a quien había olvidado su aparato. Allí estaba haciendo trizas el pan de quince centímetros con aquel objeto de deseo lejos de su bandeja, ignorado al otro extremo de su mesa.
miércoles, 8 de octubre de 2014
Publicado por: David Padilla g
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47 días de vacaciones

Vista de Adícora desde el balneario (Foto: propia )
Los gremios de LUZ se fueron de vacaciones. Nos pagaron antes de finalizar julio. Vacié mi escritorio. Me comí el último yogurt que tenía en la nevera de la oficina. Tuvimos un compartir con tequeños. Salí de vacaciones. Hice la prueba de nivelación en japonés. No me fui de Maracaibo para seguir estudiando inglés en el Cevaz. Me inscribí en el nivel 18.

Pagué las tarjetas de crédito. Dejé pago hasta octubre el gimnasio. Viajé a Valera. Me quedé dormido bebiendo. Comí chorizo. Compré cerveza Zulia cara. Regresé a Maracaibo. Compré una cámara réflex digital. Comencé clases en el nivel 18. Conseguí otro cliente y le administro la Web. Se fue la luz en la noche y maldije mucho. Escribí varios textos para otro cliente. Envié muchos correos. Fui a Coro.

Me comieron los zancudos. Me pasé a Adícora. Me monté en una camioneta con locos meneando la chapa. Me bañé en la playa donde pasé mi niñez. Dormí en una casa sin protección en las ventanas y sin ninguna tapa en la poceta. Volví a Coro.

Casa de los Pájaros, en Coro (Foto: propia)
En el regreso a Maracaibo esperamos a un borracho para que se montara en el carro, casi chocamos y al final nos paró la guardia. Llegué bronceado. Regresé a clases. Me inscribí en el nivel 19. Me estresé por enviar más textos. Un gato se quedó en la casa y ahora lo cuidamos. Me encontré a un compañero de la oficina tres veces en distintos lugares. Vi las primeras lluvias tras la sequía.

Lancé un nuevo sitio Web. Regresé por segunda vez a Valera. Compré dos botellas de ron. Comí pasticho. Se fue el agua varias veces. Hice cola en el super para comprar 2 afeitadoras, 4 pastillas de jabón, 1 lavaplatos líquidos y 2 suavizantes. Compré dos películas en Bluray y cuatro en DVD a buen precio. Fui a un cumpleaños infantil. Tomé fotos con la nueva cámara. Regresé a Maracaibo.

Nos trajeron una perra pequeña a la casa para cuidar. Se llama Pinchi. Me conseguí a otro, un cachorro recién nacido. Lo puse en adopción. Lo adopté. Lo llevé al veterinario. Celebramos el segundo año de mi sobrina. Tomé varias fotos. Bebí cerveza. Pagué dos talleres, un curso y un concierto para los próximos meses. Pasé el despecho por la muerte de Cerati.

Volví a pagar mis tarjetas de crédito. Fui a pagar el servicio de agua. Compré y sembré dos pares de plantas para la casa. Me puse al día con el gremio de periodistas. Renové mi carné. Fui al médico para revisar mi tos. Pagué una cuarta parte de un sueldo mínimo por mi tratamiento. Fui a ortodoncia para tener otro mes más de aparatos en los dientes. Averigüé en la alcaldía para formalizar mi negocio.

Los gremios de LUZ se reincorporaron hasta mediodía. Me corté el cabello tras tres meses. Presenté mi examen final del Cevaz. Compré mucho atún. Vacié la biblioteca. Boté unos libros. Doné otros libros. Organicé la comida para la semana. Supe que los gremios se desincorporaron. Escribí sobre mis 47 días de vacaciones en mi blog. Suspiré. Largo. Me tomé un buen café. Espero a comenzar de nuevo.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Publicado por: David Padilla g

Poesía bajo la lluvia


Llueve. El techo de Maracaibo se cae a pedazos, gota a gota. Es de tarde pero las nubes ocultan temprano al cielo haciéndolo parecer de noche. En el pasillo del piso tres de una clínica en la avenida Delicias, entre el consultorio odontológico y el del otorrinolaringólogo, se ubican dos coquetas señoras, una mayor que la otra, esperando a un asistente dental llamado Eduardo.

El joven, en sus veintitantos, las deja esperando mientras ellas conversan, como si les faltara el café para ponerse al día. Son físicamente similares, tal vez hermanas o primas. Una se sienta en el extremo de la incómoda silla metálica mientras revisa el celular. La otra lleva su cabeza al espaldar mientras cuenta risueña, intentando hacer bucles en su cabello liso, cómo ha cambiado la vida desde que ella era niña.

“Con 1000 dólares, que ya era mucho en mi época, fui y vine al Machu Picchu mientras (fulanita, aparentemente su hija) viajó con 250 y tenía desde pasajes hasta traslados”, dice sin perder la postura mientras la segunda asiente sin quitar la vista del teléfono.

La de la anécdota sonríe. Se acomoda sobre su pierna derecha y se coloca frente a la otra, como si le contara un chisme. Fueron varios. Historia de vecinos, de familiares y otros pormenores sin aparente importancia.

Una llamada interrumpe el momento. La del cabello liso y corto se acomoda nuevamente y responde.

“Muchacha sacá el pipote y ponelo debajo de ese chorro (de agua). Con eso me baño yo en la noche”, comenta a su interlocutora en su casa donde aparentemente sigue lloviendo.

Una rápida mirada a la ventana indica que el cielo ha dejado de desprenderse con euforia. Las chicas mantienen algunos minutos de silencio hasta que una menciona una poesía.

La cita de memoria como si tuviera el poemario en sus piernas. Da detalles similares a los que un fanático indica al hablar de los efectos especiales o el guión de su película favorita. La otra sale de su letargo y la acompaña. La conversación deja de ser una cháchara entre doñas para volverse íntima, mágica si cabe la cursilería.

La risueña continúa recitando. Su posible familiar la interrumpe para convertirse en segunda voz del autor. Alternan cada verso con una facilidad impresionante, como si ese instante en esos incómodos y fríos asientos lo hubiesen ensayado durante meses.

Se ríen. Rejuvenecen con cada sonrisa. Finalizan con un largo suspiro y vuelven a sus posiciones originales: un extremo con vista al celular y el otro con la cabeza en la parte superior del asiento, dando vueltas tontamente con el dedo a sus cabellos.

“Me encanta la poesía”, afirma sin abandonar sus gestos.

El entorno se revuelve con la entrada y salida de pacientes a los consultorios. Ya no hay más magia entre la dupla. La camaradería queda silente, intacta, con expresiones momentáneas de alegría pero de recuerdos eternos en esa tarde lluviosa en Maracaibo.
lunes, 15 de septiembre de 2014
Publicado por: David Padilla g
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El perro encontrado


Eran las diez de la mañana y el sol agitaba el asfalto, lo alborotaba, lo convertía gradualmente en ríos impenetrables de lava que derretían lentamente a los transeúntes.

Allí estaba yo saliendo del gimnasio, intentando ajustarme los necesarios lentes, calculando cuanta basura y malas aceras debía esquivar para pagar el servicio de agua cuando vi el minúsculo saco de carne color marrón que destacaba entre las paredes blancas.

Pasé por un lado. Me hice el que no se babeaba por tocarlo y lo detallé. Era un cachorro de unos días de nacido. No había madre, dueño, bolsa con desperdicios, árbol ni nada parecido cerca. El único acobijo era la sombra de un muro que estimé desaparecería a mediodía.

Lo ignoré. Continué mi camino pensando en los pendientes y en todo lo que tenía que hacer.  "De seguro alguien se lo consigue y lo ayuda", me dije.

Seguí derecho. A cuadra y media el estómago, el remordimiento, la conciencia o como lo que quieran llamar me jaló. Recordé a mis perros, a algunos que murieron por falta de atención adecuada y a todos los que pude haber salvado.

Me detuve en la esquina analizando los problemas que traería llevarme a ese perro o el cuidado que le debía dedicar. Lo vi moviéndose lentamente desde el otro lado de la calle.

Crucé, me acerqué y saqué del bolso una toalla sudada hasta la última hebra. Lo abrigué y lo cargué en los brazos. Apenas se movía. Al frente sólo había un centro comercial con locales cerrados y diagonal una obra en construcción. Pregunté a los obreros sobre el perro y comentaron que tenían rato viéndolo pero no sabían quién lo había puesto allí.

No había ninguna casa desde el punto donde lo tomé. Sólo un estacionamiento que finalizaba con una impenetrable puerta a un desconocido negocio y sin un vigilante a quien preguntar. “Te vienes conmigo”, le dije a la masa de unos veinticinco centímetros.

En las seis o siete cuadras hasta mi casa sentía las miradas de aquellos que veían, entre curiosidad y novedad, a un maracucho en ropa deportiva cargando en una toalla a un cachorro.

Agradeció la fórmula infantil que quedó de mi sobrina. La tomó varias veces primero por una inyectadora, luego de un tetero viejo. Tomé la respectiva foto y la compartí en cuentas de adopción en Instagram. Solamente niñas que no tenían ni saldo para llamarme (se limitaban a mensajes de texto) respondieron. Descarté de momento la opción hasta que un adulto se comunicara conmigo.

Al tercer día lo llevé a la clínica veterinaria. La doctora le calculó tres semanas de nacido. Tenía algunos parásitos pero estaba bien. Por los detalles que le di, me explicó que el día que lo recogí no caminaba por deshidratación y en algunas horas probablemente hubiese muerto en aquella esquina.

Decidí quedármelo. Le agradecí a la doctora y lo volví a traer a casa, ahora también suya.  Le cambié la tela en la que lo mantenía y entre varios nos turnamos su alimentación.  Las calles de Maracaibo siguen estando hoy como ríos de lava, hirviendo igual que el propio infierno, pero ya no está por ahí. En adelante, sigue conmigo.
sábado, 13 de septiembre de 2014
Publicado por: David Padilla g

Otro días más


Despierta. Son las cinco de la mañana. Ya hay cola en el baño de su casa. Espera media hora, una hora, hora y media. Llega su turno. Se acaba el agua del tanque y desde hace dos días no llega de la calle. Le toca buscar agua de la pipa en el patio para bañarse y luego de unos envases para cepillarse los dientes. Sale a trabajar.

En el camino se tropieza con el mal asfaltado, las aceras irregulares de Maracaibo y con los abusadores al volante. No compra comida en la calle. Desde la escasez de agua, la buena manipulación de alimentos queda entredicha. Llega al trabajo.

La jornada laboral es hasta mediodía por la falta de agua en los baños. La señora que limpia grita más tarde que hay harina de maíz, mayonesa, desodorante y papel sanitario en el supermercado de la esquina. De las cinco horas laborales, se ausenta dos.

La cola en el supermercado es inmensa. Por la medida regional que busca disminuir el contrabando fronterizo (denominado simplemente bachaqueo) debe comprar casi el 10 por ciento de un sueldo mínimo. No puede llevar uno o dos unidades por rubro de los productos regulados si no lo hace.

Llega a su casa. No hay luz. La compañía eléctrica la volvió a quitar pese a que en su cronograma había dicho que no era ese el día de racionamiento.  Se va al cine para pasar esas dos horas. El aire acondicionado del mall funciona a media máquina por miedo a sanción gubernamental por gasto energético.

En la taquilla le advierten que puede irse también la luz y que si sucede le reembolsan el boleto. Ya lo sabe. Le ha pasado. Tras la película, quiere ir al baño pero en los cines están cerrados. De los seis que hay en el centro comercial funciona uno con agua únicamente  en las pocetas. Se clausuraron los lavamanos por el asunto de la sequía.

Se va a clases. Pide agua embotellada y le dicen que no hay desde hace semanas, posiblemente porque no pueden fabricar las tapas o el propio envase. En el salón la gente se queja de la cola para la gasolina porque se anunció el posible aumento de su precio, de la modelo que asesinaron, quemaron y lanzaron a la orilla de una carretera y hasta de una joven que no pudo recibir el título durante su graduación porque no se consigue el papel para elaborarlo.

Regresa a casa. Afortunadamente el agua entraba por las tuberías. Recoge una buena cantidad en pipotes y en el tanque porque no sabe cuándo puede volver. La compañía hidrológica dejó de publicar en su sitio Web los horarios de distribución. Pese al cansancio, espera. Mientras tanto se pone al corriente con las amistades por teléfono o Internet. El día para todos ha sido casi lo mismo pese a vivir en distintas partes de Venezuela.

Se quiere ir. Tal vez viajar o emigrar. Tiene tarjetas de crédito de sobra pero no hay pasajes ni vuelos. Se limita a maldecir al gobierno y a enumerar las tareas pendientes. Se baña, viste y se tira a la cama. Duerme. Espera otro día más.

Crédito imagen: propia (2014)
domingo, 10 de agosto de 2014
Publicado por: David Padilla g

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