Poesía bajo la lluvia
El joven, en sus veintitantos, las deja esperando mientras ellas conversan, como si les faltara el café para ponerse al día. Son físicamente similares, tal vez hermanas o primas. Una se sienta en el extremo de la incómoda silla metálica mientras revisa el celular. La otra lleva su cabeza al espaldar mientras cuenta risueña, intentando hacer bucles en su cabello liso, cómo ha cambiado la vida desde que ella era niña.
“Con 1000 dólares, que ya era mucho en mi época, fui y vine al Machu Picchu mientras (fulanita, aparentemente su hija) viajó con 250 y tenía desde pasajes hasta traslados”, dice sin perder la postura mientras la segunda asiente sin quitar la vista del teléfono.
La de la anécdota sonríe. Se acomoda sobre su pierna derecha y se coloca frente a la otra, como si le contara un chisme. Fueron varios. Historia de vecinos, de familiares y otros pormenores sin aparente importancia.
Una llamada interrumpe el momento. La del cabello liso y corto se acomoda nuevamente y responde.
“Muchacha sacá el pipote y ponelo debajo de ese chorro (de agua). Con eso me baño yo en la noche”, comenta a su interlocutora en su casa donde aparentemente sigue lloviendo.
Una rápida mirada a la ventana indica que el cielo ha dejado de desprenderse con euforia. Las chicas mantienen algunos minutos de silencio hasta que una menciona una poesía.
La cita de memoria como si tuviera el poemario en sus piernas. Da detalles similares a los que un fanático indica al hablar de los efectos especiales o el guión de su película favorita. La otra sale de su letargo y la acompaña. La conversación deja de ser una cháchara entre doñas para volverse íntima, mágica si cabe la cursilería.
La risueña continúa recitando. Su posible familiar la interrumpe para convertirse en segunda voz del autor. Alternan cada verso con una facilidad impresionante, como si ese instante en esos incómodos y fríos asientos lo hubiesen ensayado durante meses.
Se ríen. Rejuvenecen con cada sonrisa. Finalizan con un largo suspiro y vuelven a sus posiciones originales: un extremo con vista al celular y el otro con la cabeza en la parte superior del asiento, dando vueltas tontamente con el dedo a sus cabellos.
“Me encanta la poesía”, afirma sin abandonar sus gestos.
El entorno se revuelve con la entrada y salida de pacientes a los consultorios. Ya no hay más magia entre la dupla. La camaradería queda silente, intacta, con expresiones momentáneas de alegría pero de recuerdos eternos en esa tarde lluviosa en Maracaibo.
El perro encontrado
Eran las diez de la mañana y el sol agitaba el asfalto, lo alborotaba, lo convertía gradualmente en ríos impenetrables de lava que derretían lentamente a los transeúntes.
Allí estaba yo saliendo del gimnasio, intentando ajustarme los necesarios lentes, calculando cuanta basura y malas aceras debía esquivar para pagar el servicio de agua cuando vi el minúsculo saco de carne color marrón que destacaba entre las paredes blancas.
Pasé por un lado. Me hice el que no se babeaba por tocarlo y lo detallé. Era un cachorro de unos días de nacido. No había madre, dueño, bolsa con desperdicios, árbol ni nada parecido cerca. El único acobijo era la sombra de un muro que estimé desaparecería a mediodía.
Lo ignoré. Continué mi camino pensando en los pendientes y en todo lo que tenía que hacer. "De seguro alguien se lo consigue y lo ayuda", me dije.
Seguí derecho. A cuadra y media el estómago, el remordimiento, la conciencia o como lo que quieran llamar me jaló. Recordé a mis perros, a algunos que murieron por falta de atención adecuada y a todos los que pude haber salvado.
Me detuve en la esquina analizando los problemas que traería llevarme a ese perro o el cuidado que le debía dedicar. Lo vi moviéndose lentamente desde el otro lado de la calle.
Crucé, me acerqué y saqué del bolso una toalla sudada hasta la última hebra. Lo abrigué y lo cargué en los brazos. Apenas se movía. Al frente sólo había un centro comercial con locales cerrados y diagonal una obra en construcción. Pregunté a los obreros sobre el perro y comentaron que tenían rato viéndolo pero no sabían quién lo había puesto allí.
No había ninguna casa desde el punto donde lo tomé. Sólo un estacionamiento que finalizaba con una impenetrable puerta a un desconocido negocio y sin un vigilante a quien preguntar. “Te vienes conmigo”, le dije a la masa de unos veinticinco centímetros.
En las seis o siete cuadras hasta mi casa sentía las miradas de aquellos que veían, entre curiosidad y novedad, a un maracucho en ropa deportiva cargando en una toalla a un cachorro.
Agradeció la fórmula infantil que quedó de mi sobrina. La tomó varias veces primero por una inyectadora, luego de un tetero viejo. Tomé la respectiva foto y la compartí en cuentas de adopción en Instagram. Solamente niñas que no tenían ni saldo para llamarme (se limitaban a mensajes de texto) respondieron. Descarté de momento la opción hasta que un adulto se comunicara conmigo.
Al tercer día lo llevé a la clínica veterinaria. La doctora le calculó tres semanas de nacido. Tenía algunos parásitos pero estaba bien. Por los detalles que le di, me explicó que el día que lo recogí no caminaba por deshidratación y en algunas horas probablemente hubiese muerto en aquella esquina.
Decidí quedármelo. Le agradecí a la doctora y lo volví a traer a casa, ahora también suya. Le cambié la tela en la que lo mantenía y entre varios nos turnamos su alimentación. Las calles de Maracaibo siguen estando hoy como ríos de lava, hirviendo igual que el propio infierno, pero ya no está por ahí. En adelante, sigue conmigo.
Otro días más
En el camino se tropieza con el mal asfaltado, las aceras irregulares de Maracaibo y con los abusadores al volante. No compra comida en la calle. Desde la escasez de agua, la buena manipulación de alimentos queda entredicha. Llega al trabajo.
La jornada laboral es hasta mediodía por la falta de agua en los baños. La señora que limpia grita más tarde que hay harina de maíz, mayonesa, desodorante y papel sanitario en el supermercado de la esquina. De las cinco horas laborales, se ausenta dos.
La cola en el supermercado es inmensa. Por la medida regional que busca disminuir el contrabando fronterizo (denominado simplemente bachaqueo) debe comprar casi el 10 por ciento de un sueldo mínimo. No puede llevar uno o dos unidades por rubro de los productos regulados si no lo hace.
Llega a su casa. No hay luz. La compañía eléctrica la volvió a quitar pese a que en su cronograma había dicho que no era ese el día de racionamiento. Se va al cine para pasar esas dos horas. El aire acondicionado del mall funciona a media máquina por miedo a sanción gubernamental por gasto energético.
En la taquilla le advierten que puede irse también la luz y que si sucede le reembolsan el boleto. Ya lo sabe. Le ha pasado. Tras la película, quiere ir al baño pero en los cines están cerrados. De los seis que hay en el centro comercial funciona uno con agua únicamente en las pocetas. Se clausuraron los lavamanos por el asunto de la sequía.
Se va a clases. Pide agua embotellada y le dicen que no hay desde hace semanas, posiblemente porque no pueden fabricar las tapas o el propio envase. En el salón la gente se queja de la cola para la gasolina porque se anunció el posible aumento de su precio, de la modelo que asesinaron, quemaron y lanzaron a la orilla de una carretera y hasta de una joven que no pudo recibir el título durante su graduación porque no se consigue el papel para elaborarlo.
Regresa a casa. Afortunadamente el agua entraba por las tuberías. Recoge una buena cantidad en pipotes y en el tanque porque no sabe cuándo puede volver. La compañía hidrológica dejó de publicar en su sitio Web los horarios de distribución. Pese al cansancio, espera. Mientras tanto se pone al corriente con las amistades por teléfono o Internet. El día para todos ha sido casi lo mismo pese a vivir en distintas partes de Venezuela.
Se quiere ir. Tal vez viajar o emigrar. Tiene tarjetas de crédito de sobra pero no hay pasajes ni vuelos. Se limita a maldecir al gobierno y a enumerar las tareas pendientes. Se baña, viste y se tira a la cama. Duerme. Espera otro día más.
Mientras no hay luz
En automático se enciende ese protocolo que se ha creado silenciosamente, de forma progresiva ante las repeticiones, donde cada miembro de la familia se alinea para ir a ese punto en el que se ha convertido la terraza, refugio ante el sofocante calor.
“Te asomas por aquí (señala la ventana del estudio) y ves como este otro sector está con luz”, dice Juan, el hijo mayor de la familia. Vive con su mamá, hermana, hermano y su abuela.
Desde que reiniciaron los ciclos del llamado “Plan de restricción del servicio” (antes denominado “Plan Nacional de Administración de Carga”) siempre les había tocado en momentos donde todos estaban en clases o trabajaban, pero en los últimos meses se han acentuado las interrupciones en horarios donde todos confluyen en la vivienda.
En su kit de emergencia se incluye una pequeña linterna que compró en el supermercado y un Nintendo 3DS. Comenta cómo en su casa al principio hablaban entre ellos. “Pero ya sólo nos limitamos a esperar (…) mi hermanito sabe que lo primero que debe hacer es agarrar el celular y tuitear”, indica.
A su juicio, una de las prácticas que le dejó los eventos de febrero de 2014 fue reportar en la red social con hora y lugar para que quede reflejada la denuncia, en este caso con el hashtag
#Sinluz.
“Mi mamá le tenía como miedo a su celular pero con el tiempo libre le ha dado por aprender todo eso”, dice mientras guarda con cuidado lo que considera su arma de protesta: su teléfono inteligente.
Juego a oscuras
Beatriz (o Betty, como le gusta a la mamá de Juan que le llamen) después de aprender a usar Twitter y Facebook a través de su celular, dice que se olvidó de los canales de televisión que usualmente veía. “Cuando vienen los apagones es que más reviso todo esto”,señala.
Desde que el servicio comenzó a fallar de noche, bajaba los doce pisos del edificio para compartir con los vecinos. “Allí fue que me enteré de que juegan dominó cada vez que se va la luz y hasta un torneo tienen armado con la torre B (el edificio hermano dentro del conjunto residencial)”.
En el salón de festejos de la vivienda se consiguen pocas personas para la cantidad de cerveza que hay. Se mantienen frías, según destaca Betty, porque la nevera de la conserjería escarcha (mantiene el hielo adherido a sus paredes) y pasan horas antes de que se descongele.
El conserje, con remarcado acento colombiano, lo confirma: “Si el apagón cae un jueves o viernes, aquí amanecen bebiendo y jugando incluso después de que regrese la luz”.
Pese a no jugar, Betty asegura que gracias a esta situación pudo ver tanto a opositores como oficialistas contando bajo una cerveza light bien fría y “trancando” la partida, cómo les molesta lo que se vive en el país.
“Yo trataba de mantenerme calladita pero siempre salía el tema de la escasez de cualquier vaina y hablaba. Por lo menos no era la única”, afirma.
Dejó de asomarse a la actividad comunal cuando su mamá no la acompañó más. “Ella ya no quería bajar las escaleras y yo no la iba a dejar sola arriba”. Las actividades entonces se mantienen en casa con abanico y teléfono en mano.
Al preguntársele sobre alguna reflexión de todo lo que ha visto, no lo piensa mucho porque las interrupciones de electricidad le han dado –en apariencia- la oportunidad de construir la respuesta: “El estado, con la ley del trabajo, nos da dos días continuos de descanso que por alta inflación no puede ser más que en la casa (…) pero llegas y no hay luz y tampoco agua porque además de que está racionada la bomba enciende solamente con electricidad. Ya casi que va a ser insufrible hasta respirar”.
La bombilla se enciende tras dos horas, anunciando que se acabó el racionamiento, al menos por ese día. La misma fila que llevó a Juan y a Betty junto a su familia a la terraza los lleva a sus camas. El último que queda, que decidió rezagarse o simplemente fue al baño, le toca apagar la luz y dormir.
Crédito imágenes: propias (2014)
A la orden en Canadá
Mis hijos bajo mi techo
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| Foto: Propia (2007) |
Publicado originalmente en El Toque, de RNW
Es un hombre que destaca, con orgullo, que ha llegado a sus sesenta y cinco años sin deberle nada a nadie y que lo que gana cada día a bordo de un vehículo sin aire acondicionado se lo dedica a tiempo completo a su descendencia.
El retoño mayor, de treinta y tantos atardeceres, quiso una vez independizarse, seguir adelante junto a su novia y vivir en una archiconocida situación de hacinamiento con la suegra, subsistiendo en base a lo que ganaba trabajando en una carnicería.
“Cuando mi mujer me dijo eso, yo lo agarré, lo senté y le dije que si no se iba a graduar de lo que fuese hasta de un politécnico, de la casa no se movía”, comenta el taxista mientras hace ademanes al auto de delante para que termine de cruzar en pleno embotellamiento vial.
De acuerdo a su historia, el primogénito desvió su camino como cortador de carnes gracias a él, para convertirse en taxista como su padre. “Comenzó en varios centros comerciales, pero allá no podía pagar el diario (la renta que diariamente cancela al dueño de un carro para que lo trabaje como taxi). Entonces yo me lo traje para acá, para el terminal y le fue `miamorcontequiero”, comenta.
Luego de conseguirle un cupo dentro del mismo espacio donde trabaja, logró pagar la inicial de una unidad propia. Nunca se fue de la casa porque Carlos le ofreció parte de su terreno para construir. “Ahí va dándole, echándole pichón”, dice con cierta dificultad mientras rechina el volante al cruzar a la izquierda.
Como un burro de ocho a seis
Carlos dice que a su hija “no le ha pedido nada y ha dado la talla”. “Se graduó con honores y, allí la ves, trabajando como un burro de ocho a seis”, añade. Las arrugas se repliegan ante el brillo en sus ojos. No hay cansancio en su mirada cuando habla de su hija, la segunda en la sucesión pero –aparentemente- la primera dentro de su corazón.
Se casó con un ingeniero y ambos trabajan en la principal compañía petrolera del estado venezolano. En la pared de la cocina-sala de sus padres, el título universitario de contadora quedó colgado junto a una versión del cuadro de La Última Cena.
“Ella le consiguió a su mamá una pensión. Conmigo quiso hacerlo, pero yo le dije tajantemente que no, que vivo con mi diario, aunque varias veces me ha sacado las patas del barro” afirma. Cruza por la principal avenida comercial y se consigue una gigantesca cola.
Solos al final
El menor de los hijos de Carlos tiene 21 años. “En la mañana la mamá (su esposa) le hace huevos, caraotas y friticas (plátano maduro frito) y le echa queso. Carajo, se va bien resuelto para la universidad”. Comenta cómo le da de lunes a sábado 200 Bolívares.
“Y se gasta 4 nada más, porque usa transporte público y el agua se la lleva siempre de la casa”. Las verdaderas razones las revela más adelante, casi llegando al posgrado a donde llevaría al pasajero: con su mesada paga los estudios de su novia, además de gastos como libros, útiles y hasta cine.
Un día el benjamín de la familia le comentó al taxista que quería llevar a vivir a su pareja dentro de su ya poblada vivienda para eventualmente convertirla en su esposa. “Yo le dije a mi mujer que al final íbamos a estar solos y ellos son los que nos van a enterrar. Lo entendió y allí están, acompañándonos”.
Reconoce que en algún momento la situación debe cambiar, pero no va a ser él quien marque la diferencia. Simplemente quiere disfrutar de sus hijos, de su esposa y, algún día, hasta de sus nietos mientras todavía respira y pueda trabajar día a día.
Llega al posgrado, el destino final. Cobra sesenta bolívares por el trayecto y detalla al pasajero. No pasa de 30 años. Antes de marcharse se ajusta el cinturón de seguridad. Sonríe, abre la boca y a modo de bendición de un padre comenta sus últimas palabras antes de acelerar: “Estudie mijo, estudie. Vaya y eche pa lante”.
La restricción suena en la gaita al tono del reggaetón
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| Imagen: Runrun.es |
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| Imagen: Bancaynegocios.com |
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| Imagen: Másquenoticia.com |









